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La conspiración de la transparencia

SOFÍA – Uno de los resultados más problemáticos de la actual crisis financiera ha sido el colapso de la confianza en las instituciones democráticas y en los políticos. De hecho, Edelman, una empresa dedicada a las relaciones públicas mundiales, registró en su encuesta «Barómetro de confianza» de 2012 la mayor caída histórica relacionada con el gobierno. ¿Puede una mayor «transparencia» –el nuevo mantra político de los activistas civiles y de una creciente cantidad de gobiernos democráticos– revertir esta tendencia?

Se espera que la combinación de nuevas tecnologías, acceso público a datos y una participación cívica renovada ayude a las personas a controlar más eficazmente a sus representantes. Pero la idea de que la transparencia devolverá la confianza del público a la democracia descansa sobre varios supuestos problemáticos, en primer lugar la creencia de que «si tan solo la gente supiera», todo sería diferente.

Desafortunadamente, las cosas no son tan sencillas. Acabar con el secreto gubernamental no implica el nacimiento del ciudadano informado; y tampoco un mayor control sugiere necesariamente más confianza en las instituciones públicas. Por ejemplo, después de que los votantes estadounidenses se enteraron de que el presidente George W. Bush condujo a los Estados Unidos a la guerra contra Irak sin pruebas de la existencia de armas de destrucción masiva, lo reeligieron. De igual manera, los italianos mantuvieron a Silvio Berlusconi en el poder durante más de una década, a pesar de las continuas revelaciones sobre sus fechorías.

En política, «saber todo» aún implica saber cosas distintas, lo que significa que obligar a los gobiernos a revelar información no necesariamente logra que las personas aprendan más o entiendan mejor. Por el contrario, en cuanto se diseña la información gubernamental para que esté inmediatamente disponible para todos, su valor como información disminuye y al tiempo que aumenta su valor como instrumento de manipulación.