El rostro del mal

NUEVA YORK – De pie junto a Slobodan Milosevic en la baranda de una quinta de caza del gobierno en las afueras de Belgrado hace 13 años, vi a dos hombres a la distancia. Salieron de su Mercedes doble y, ya en la penumbra de la tarde, nos miraron. Sentí escalofríos; eran inconfundibles. Ratko Mladic, en traje de combate, macizo, caminando como si el campo estuviera lleno de lodo, y Radovan Karadzic, más alto, de traje, con su pelo blanco caótico, pero cuidadosamente preparado.

La captura de Karadzic, y su llegada al tribunal penal en La Haya, me hizo retroceder a una larga noche de confrontación, drama y negociaciones, la única vez que estuve con él. Eran las 5 p.m. del 13 de septiembre de 1995, durante el punto cúlmine de la guerra en Bosnia. Tras años de débiles respuestas de Occidente y las Naciones Unidas a la agresión serbia y a la limpieza étnica de musulmanes y croatas en Bosnia, el bombardeo de la OTAN, encabezado por los Estados Unidos, había puesto a los serbios a la defensiva. Nuestro pequeño equipo negociador diplomático estaba intentando poner fin a una guerra que se había cobrado las vidas de cerca de 300.000 personas.

Milosevic, Mladic y Karadzic fueron la principal razón de esa guerra. Mladic y Karadzic ya habían sido acusados como criminales de guerra por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia (Milosevic no sería acusado sino hasta 1999.)

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