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¿La cuenta regresiva del euro?

Cuando se introdujo el euro en 1999, se presentó como un instrumento que permitiría reducir las diferencias económicas entre los estados miembros de la unión monetaria. Los índices de desempleo convergerían, al igual que otras importantes variables macroeconómicas como los costes de la mano de obra, la productividad, los déficits fiscales y deuda pública. A la larga, también disminuirían las diferencias de riqueza, medida en términos de ingreso per cápita.

Sin embargo, transcurrida la primera década de la moneda común, la norma dentro del área del euro ha sido una divergencia creciente, en lugar de una rápida convergencia, y se espera que las tensiones sigan aumentando.

Las diferencias entre los estados miembros ya eran grandes hace una década. El euro se convirtió en la moneda común de países muy ricos, como Alemania y Holanda, y países mucho más pobres, como Grecia y Portugal. También se convirtió en la moneda de los finlandeses, a la vanguardia de la innovación y la flexibilidad del mercado, y de Italia, que carecía de ambas cualidades y se había ganado el apto calificativo del "enfermo de Europa".

Estas diferencias fueron un factor de grandes complicaciones para el recién creado Banco Central Europeo (BCE), que tenía que determinar el tipo de interés apropiado para todos los miembros (la así llamada política de "una talla para todos"). A mayores las diferencias surgidas en la última década en la eurozona, más se puede decir que esta política es en realidad "una talla que no le queda a ninguno".