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El espejo vienés de la UE

Si un burócrata de la Unión Europea pudiera viajar a la Viena de fin de siècle, se sorprendería de cuánto se asemeja el Imperio de los Habsburgo con la UE de hoy en día. Al igual que la UE, Austria-Hungría fue un experimento de ingeniería supranacional compuesto por 51 millones de habitantes, 11 nacionalidades y 14 idiomas. Este microcosmos de Europa era gobernado por un Emperador-Rey de doble trono y dos parlamentos gemelos que representaban sus mitades austriaca y húngara, que tenían un alto grado de independencia.

El Imperio de los Habsburgo actuaba como una fuerza estabilizadora para sus pueblos y para Europa. Para sus grupos étnicos dispersos, jugaba el doble papel de árbitro y protector, pacificando las rivalidades indígenas y protegiendo a naciones de pequeño tamaño frente a estados predadores. También llenaba un vacío geopolítico en el corazón del continente, representando un contrapeso frente a Alemania y Rusia.

Mientras cumplió estas funciones, Austria era vista como una “necesidad europea”, un factor de equilibrio de nacionalidades y naciones para el que no había sustituto concebible. Sin embargo, a principios del siglo XX el imperio enfrentó dos problemas que sembraron dudas acerca de su capacidad de cumplir estas misiones.

En primer lugar, se mostró incapaz de conciliar y representar los intereses de los pueblos que los formaban. El centro del problema era el Compromiso de 1867, que dividió el imperio en las mitades austriaca y húngara. Al excluir a los eslavos, que representaban la mitad de la población del imperio, el Compromiso fue visto como un vehículo para la dominación alemana/magiar. Los intentos de modificar este orden fueron incapaces de lograr lo que se necesitaba: un acuerdo político entre alemanes y eslavos similar al que se había logrado entre alemanes y húngaros.