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La ética del comer

Se ha predicho que el consumo mundial de carne se duplicará para el año 2020. Sin embargo, en Europa y América del Norte existe una creciente preocupación sobre la ética de cómo se producen la carne y los huevos. El consumo de ternera ha caído drásticamente desde que se conoció que para producir la así llamada ternera “blanca” (en realidad, rosa pálido), las crías recién nacidas son separadas de sus madres, deliberadamente se las vuelve anémicas, se les niega el acceso a forraje y se las mantiene en establos tan estrechos que no pueden caminar ni cambiar de orientación.

En Europa, la enfermedad de las vacas locas dejó impactada a mucha gente, no sólo porque hizo pedazos la imagen de la carne de vacuno como un alimento sano y seguro, sino porque se supo que la causa de la enfermedad fue la práctica de dar como alimento sesos y tejido nervioso de ovejas al ganado vacuno. Quienes ingenuamente creían que las vacas comían pasto descubrieron que el ganado vacuno obligado a comer en lotes de alimentación come desde maíz hasta pescado, residuos de pollo (incluidos sus excrementos) y desechos de los mataderos.

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La preocupación sobre cómo tratamos a los animales está lejos de limitarse al pequeño porcentaje de personas que son vegetarianas y veganas, es decir, que no comen ningún producto animal. A pesar de los sólidos argumentos éticos del vegetarianismo, todavía no es una posición generalizada. Más común es la opinión de que se justifica comer carne, siempre y cuando los animales tengan una vida decente antes de que se los mate.

El problema, como Jim Mason y yo lo describimos en nuestro reciente libro The Way We Eat , es que la agricultura industrial niega a los animales incluso una vida mínimamente decente. Decenas de miles de millones de pollos producidos en la actualidad nunca salen al aire libre. Se los cría para que tengan apetitos voraces y engorden lo más rápido posible, y luego se los coloca en cobertizos que pueden contener más de 20.000 aves. El nivel de amoníaco de sus excrementos acumulados hace el aire tan alcalino que provoca picazón en los ojos y daña los pulmones. Cuando se los mata, con apenas 45 días de vida, sus huesos poco desarrollados apenas pueden soportar el peso de sus cuerpos. Algunos caen y mueren al poco tiempo, incapaces de lograr acceso a los alimentos o el agua; su destino es irrelevante para la economía de la empresa como un todo.

Las condiciones son peores (si es posible imaginarlo) para las gallinas ponedoras, embutidas en jaulas de alambre tan pequeñas que incluso si hubiera una por jaula sería incapaz de estirar las alas. Pero por lo general hay al menos cuatro gallinas por jaula, y a menudo más. En condiciones tan atestadas, lo más probable es que las aves más dominantes y agresivas terminen matando a picotazos a las gallinas más débiles de la jaula. Para evitar esto, los productores cortan los picos de las aves con una cuchilla caliente. El pico de las gallinas está lleno de tejido nervioso –después de todo, es su principal medio de relacionarse con su entorno- pero no se usan anestésicos ni analgésicos para aliviar su dolor.

Es probable que los cerdos sean los animales más inteligentes y sensibles que comemos normalmente. Al forrajear en un pueblo rural, pueden ejercitar esa inteligencia y explorar su variado ambiente. Antes de parir, las puercas usan paja u hojas y ramitas para construir un nido cómodo y seguro en el que cuidar a sus lechones.

Sin embargo, en las granjas industriales de hoy las puercas preñadas son mantenidas en cajas tan estrechas que no pueden darse vuelta o caminar más de un paso hacia adelante o atrás. Yacen sobre concreto, sin paja, hojas ni ninguna otra forma de lecho para sus crías. Los lechones les son arrebatados lo antes posible, para que puedan quedar preñadas nuevamente; su destino es no salir nunca del cobertizo, excepto para ser llevadas al matadero.

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Los defensores de estos métodos de producción argumentan que son una respuesta lamentable pero necesaria a la demanda de alimentos de una población en crecimiento. Por el contrario, cuando confinamos animales en granjas industriales, tenemos que producir alimentos para ellos. Los animales queman la mayor parte de esa energía de los alimentos en el proceso de respirar y mantener tibios sus cuerpos, de modo que a nosotros nos llega una pequeña fracción –por lo general no más de un tercio, y a veces hasta un décimo- del valor nutritivo con que los alimentamos. En contraste, las vacas que pastan consumen un alimento que nosotros no podemos digerir, lo que significa que son un aporte a la cantidad de alimentos a nuestra disposición.

Es trágico el hecho de que países como China e India, a medida que se vuelven más prósperos, estén copiando los métodos occidentales y poniendo a los animales en enormes granjas industriales para suministrar más carne y huevos a sus crecientes clases medias. Si esto continúa, el resultado será un sufrimiento animal a una escala incluso mayor que la que hoy existe en Occidente, así como más daño al medio ambiente y un aumento en las enfermedades cardiacas y los casos de cáncer al sistema digestivo. También será un sistema enormemente ineficiente. Como consumidores, tenemos el poder –y la obligación moral- de negarnos a apoyar métodos agropecuarios que son crueles con los animales y perjudiciales para nosotros.