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¿El fin de la necesidad?

Trimestre tras trimestre, las noticias macroeconómicas procedentes de los Estados Unidos nos imparten la misma enseñanza: el crecimiento real del PIB con una tasa sostenida de 3 por ciento al año no es suficiente para aumentar el nivel de empleo de ese país. Ni siquiera un crecimiento real del PIB con una tasa anual sostenida de 4 por ciento es suficiente para aumentar la proporción de adultos americanos que tienen puestos de trabajo. La tasa subyacente de aumento de la productividad laboral en los Estados Unidos, que ciframos en 1,2 por ciento al año al comienzo del gobierno de Clinton y en 2 a 2,5 por ciento al año al final del auge del decenio de 1990, parece ahora mayor aún: está resultando cada vez mas difícil mantener la tendencia de aumento de la productividad laboral por debajo del 3 por ciento, aproximadamente, al año.

Nadie sabe por cuánto tiempo continuará este auge en el aumento de la productividad: los optimistas señalan que, tras la revolución de las tecnologías de la información, está -lista para despegar- la revolución biotecnológica y tras ésta asoma la revolución de las nanotecnologías. Si esas mejoras en la productividad continúan efectivamente, las perspectivas que se abrirán serán asombrosas: unos Estados Unidos en los que dentro de 50 años el trabajador medio ganará por jornada completa no 40.000 dólares al año, sino el equivalente de 160.000 dólares de hoy al año.

Los Estados Unidos son un polo de la economía mundial. China -aun con su milagro económico desde que Deng Xiaoping se lanzó a su expedición meridional- está en el otro. Pero la productividad laboral en China está aumentando ahora con una tasa del 6 por ciento al año, aproximadamente. Si se puede mantener esa tasa -y si la economía china llega a estar y a mantenerse lo suficientemente integrada para que podamos hablar de ella como una única entidad- la productividad del trabajo en China será comparable a la actual de los Estados Unidos antes de 2050. ¿Y la India? Si continúan las tasas de crecimiento de los 15 últimos años y si ese país se mantiene unido, su productividad laboral será comparable a la de España en la actualidad.

Ahora bien, el mundo de 2050 no será un paraíso. Seguirá habiendo algunas regiones en las que Estados fracasados no protejan la propiedad ni impongan el cumplimiento de la ley ni fomenten el comercio ni eduquen a sus ciudadanos ni construyan las infraestructuras físicas, sociales y organizativas necesarias para que la población utilice las tecnologías mágicas que hemos creado desde el comienzo de la Revolución Industrial.