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El fin de la traición (¿o el principio?)

Haciendo una paráfrasis de una famosa cita de Tolstoi, los que son leales a su país son fieles de la misma forma. Luchan en los ejércitos, pagan sus impuestos y votan en las elecciones. Sin embargo, entre los desleales, cada uno es traidor a su manera.

Tomemos por ejemplo las experiencias estadounidenses y alemanas de posguerra. Los EU no han visto un juicio por traición desde la Segunda Guerra Mundial, y se puede afirmar que Alemania ha abolido la traición en su sentido tradicional, y sólo conserva un delito general de sedición diseñado para proteger al gobierno de ser derrocado por fuerzas antidemocráticas.

Ahora, enfoquémonos en los Estados poscomunistas, donde una nueva ola de juicios por traición parece estar por comenzar. Los juicios en la República Checa de dos hombres de 78 años (Milos Jakes y Josef Lenart), ambos veteranos de la invasión soviética de 1968, y el proceso que duró cuatro años en Vladivistok en contra de Grigory Pasko, un oficial naval ruso, son signos de las primeras etapas de un ciclo en el que Estados agraviados responden a sus percepciones de deslealtad con acusaciones de traición.

¿Por qué parece que la traición está muriendo en algunos países y cobrando vida en otros? Algo de historia nos puede ayudar. La versión anglo-americana de la traición, como la definió el parlamento en la Inglaterra del siglo XIV, incluía una amplia gama de actos que amenazaban a la Corona. Pensar siquiera en asesinar al Rey (lo que entonces recibía el pintoresco nombre de ''tramar'') se castigaba con la muerte. La falsificación y la violación de la Reina (lo que contaminaría el linaje) se incluyeron en la ley para garantizar la seguridad de la moneda y la casa real.