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El choque emocional de civilizaciones

A lo largo de la así llamada “guerra al terrorismo”, por lo general la noción de un “choque de civilizaciones” entre el Islam y Occidente ha sido descartada como políticamente incorrecta e intelectualmente errónea. En lugar de ello, la interpretación más común ha sido que el mundo ha entrado en una nueva era caracterizada por el conflicto “dentro” de una civilización en particular, el Islam, en que los musulmanes fundamentalistas están tan en guerra contra los moderados como contra Occidente.

La conclusión estratégica que se derivó de ese análisis fue clara, ambiciosa y fácil de resumir: democratización. Si la ausencia de democracia en el mundo islámico era el problema, llevar la democracia al área ampliada del Oriente Medio sería la solución, y hacer realidad ese cambio necesario fue la tarea histórica que se impuso Estados Unidos, como la nación más poderosa y con mayores credenciales morales. El status quo era insostenible. Implementar la democracia, con o sin un cambio de régimen, era la única alternativa al caos y al auge del fundamentalismo.

Hoy, Irak puede estar a punto de caer en una guerra civil entre chiítas y sunitas. Irán tiene un nuevo presidente, más radical, y está avanzando de manera irrefrenable hacia la posesión de capacidad nuclear. Un proceso electoral libre llevó a Hamás al poder en Palestina, y el desafortunado episodio de las caricaturas en el periódico danés ilustró la naturaleza casi combustible de las relaciones entre el Islam y el mundo occidental.

Todos estos acontecimientos crearon las condiciones para nuevas interpretaciones. En lugar de un “choque de civilizaciones”, puede que nos enfrentemos a varios niveles de conflicto que interactúan entre si de modos que aumentan la inestabilidad global.