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El esquivo legado de 1968

“Dany, has tenido tanto éxito. Pero no te dejes manipular por aquellas fuerzas de la extrema izquierda que te harían destruir todo lo que pueda surgir de lo que estás creandoampquot;. Cuarenta años después, estas palabras -dichas por Jean Baudrillard, entonces profesor asistente de la Universidad de Nanterre- todavía suenan ciertas.

Puede que desilusione a mis partidarios y a quienes se sienten seducidos por ampquot;La revoluciónampquot;, pero no soy el líder de una revolución que supuestamente ocurrió en 1968. Olvídenlo: ¡el ampquot;68ampquot; está enterrado bajo los adoquines, incluso si esos mismos adoquines hicieron historia y generaron un cambio radical en nuestras sociedades!

Al principio esto parece algo desconcertante, pero -como lo dejé en claro en mi entrevista con Jean-Paul Sartre en Le Nouvel Observateur - no fui más que el altavoz de una rebelión. Así, el ampquot;68ampquot; simbolizó el fin de los mitos revolucionarios, para beneficio de los movimientos de liberación ocurridos desde los años 70 hasta hoy. Después de todo, el mundo de los 60 -la primera emisión global en directo por radio y televisión- se definió por una variedad de revueltas interconectadas.

El cambio forjado por el “68” afectó por sobre todo a la cultura tradicional, el moralismo estrecho y el principio de autoridad jerárquica. Alteró la vida social y las maneras de ser, de hablar, de amar. Sin embargo, a pesar de su alcance, se mantuvo alejado de la violencia, con el fin de crear un nuevo modo de rebelión. Los estudiantes, los trabajadores y las familias tenían todos sus demandas legítimas, y no obstante convergieron en el mismo deseo de emancipación.