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Atrapados entre Siria y Egipto

MADRID – La inestabilidad en Oriente Medio sigue en aumento. El imprevisto golpe militar en Egipto choca con la puesta en marcha de la modernización de la región. Egipto, con 85 millones de habitantes es el país más importante de la ribera sur del Mediterráneo, y uno de los lugares donde más urge afianzar el proceso democrático puesto en marcha tras las revueltas árabes.

El gobierno islamista de los Hermanos Musulmanes, liderado por Mohammed Morsi, ha demostrado sobradamente su incompetencia y su incapacidad para asegurar una transición democrática inclusiva, pero la solución de los militares está muy lejos de ser la idónea. Los golpes de estado siempre tienden a agrandar los problemas en lugar de resolverlos, y esta vez no es una excepción.

Como primera consecuencia, la sociedad egipcia se encuentra hoy más fracturada y se enfrenta a un choque de legitimidades. Por un lado, la de aquellos que hablan de la legitimidad de las urnas y dicen que el gobierno de Morsi fue democráticamente elegido hace un año. Por otro, los que defienden la legitimidad de la protesta social simbolizada por segunda vez en la Plaza Tahrir de El Cairo. Por su parte, los militares han perseguido a los Hermanos Musulmanes: los líderes del grupo, incluyendo al presidente depuesto, están bajo su custodia.

Los Hermanos Musulmanes quisieron ir demasiado lejos demasiado pronto. Su agenda islamista de gobierno alertó a los poderes del Estado (es decir, ejército y judicatura) y chocó con las pretensiones de los manifestantes de Tahrir. El movimiento de protesta Tamarrod, que había convocado la protesta, celebró la decisión de los militares. El precedente que se ha sentado es, sin duda, peligroso para una democracia naciente: los islamistas tienen que contar con representación para asegurar que no renuncien a la democracia como vía para perseguir sus objetivos.