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El mito de la educación

Todos sabemos que más educación es “algo bueno”, especialmente para nuestro futuro económico. Esta es la razón por la cual varios países, en particular en Europa, tienen objetivos numéricos que impulsan sus políticas de educación: 50% de participación en la educación post-secundaria en el Reino Unido o Suecia, por ejemplo, o un 80% del nivel de bachillerato en Francia. La gran idea del Canciller Schroeder para solucionar los problemas económicos de Alemania es, por supuesto, la educación, lo que incluye más estudiantes de pregrado en un sistema que está en dificultades para manejar los que ya tiene. 

Los gobiernos consideran que su principal tarea es generar prosperidad económica y ven a la educación como una herramienta necesaria y fiable para lograr ese objetivo. Pero, ¿lo es?

Nos han dicho que, en una “economía del conocimiento", un país necesita cada vez más graduados y calificaciones formales para mantenerse competitivo. Pero la educación sencillamente no genera crecimiento económico de la manera como nuestros políticos (y empresarios) creen: más educación no significa un mayor crecimiento per se. Peor aún, las políticas educacionales que se basan en las creencias actuales tienen serias consecuencias negativas para las oportunidades de los jóvenes y la calidad de la educación misma.

El argumento de que la educación es importante para la economía es plausible porque, en un nivel, es obviamente correcto. Una sociedad moderna necesita gente educada: no sólo ingenieros, químicos y doctores, sino millones de personas que puedan escribir cartas coherentes, llenar complicados formularios, explicar pólizas de seguros e interpretar datos estadísticos entregados por las máquinas de una fábrica. Algunas de estas habilidades sólo se pueden aprender en universidades; otras se pueden (y deben) dominar en la escuela primaria y secundaria.