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El regreso de las guerras del dólar

Enfrentado a las inciertas perspectivas de su reeleción y preocupado por la pérdida de empleos, el Presidente de EEUU George W. Bush ha comenzado a culpar a otros países, enviando a su Secretario del Tesoro a exigir que aumenten sus tipos de cambio para que los bienes extranjeros sean más costosos para los consumidores estadounidenses. Esa fue la misión de John Snow en su reciente viaje a China, pero su objetivo no era nada nuevo. Dos de los predecesores de Snow, John Connally y James Baker, también buscaron lograr tipos de cambio políticamente deseables.

Lo que Snow pidió a China es una exigencia atípica: no es normal que vayamos a la tienda y pidamos al tendero que aumente los precios. Pero el surgimiento de nuevas y poderosas monedas siempre produce renovados intentos de usar los tipos de interés con fines políticos.

Durante los veinte años que siguieron a la II Guerra Mundial hubo sólo dos monedas fuertes a nivel internacional, tal como lo habían sido en el periodo de entreguerras: la libra británica y el dólar estadounidense. Hacia fines de la década de 1960, la libra estaba tan debilitada que los mercados internacionales perdieron interés. En lugar de ello, surgieron dos nuevas monedas fuertes, a medida que la potencia de las economías japonesa y alemana (occidental) producía grandes superávits comerciales.

Los productores estadounidenses y el gobierno de EEUU se quejaban de los niveles artificialmente bajos del Yen y el Marco alemán estaban despojando de sus empleos a los trabajadores del país. El gobierno de EEUU, bajo el Presidente Richard Nixon, presionó a los alemanes y japoneses para revaluaran sus monedas. Los alemanes lo hicieron, pero no así los japoneses, lo que enfureció al Secretario del Tesoro de EEUU, que hizo todo lo que pudo por amedrentar al Japón. John Connally se quejaba de que el Japón tenía una "economía controlada" y que no seguía las reglas del juego.