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El obituario prematuro de la Ronda de Doha

NUEVA YORK – La Ronda de Doha, la primera negociación comercial multilateral realizada bajo los auspicios de la Organización Mundial de Comercio, está en una etapa crítica. Hoy en su décimo aniversario, y con mucho ya negociado, las conversaciones necesitan un empujón político final, para que Doha –y por ende la OMC- no desaparezcan de la pantalla de radar del mundo.

De hecho, el peligro ya es real: cuando estuve en Ginebra hace un año y me hospedé en el lujoso Mandarin Oriental, le consulté al conserje si la OMC quedaba lejos. El hombre me miró y me preguntó: “¿La Organización Mundial de Comercio es una agencia de viajes?”

Los principales estadistas, que se comprometieron a arrimar el hombro, entienden la amenaza de la irrelevancia. El primer ministro británico, David Cameron, la canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente indonesio, Susilo Bambang Yudhoyono, respaldaron claramente la recomendación del Grupo de Expertos de Alto Nivel sobre Comercio, que Peter Sutherland y yo copresidimos, de que debemos abandonar la Ronda de Doha si ésta no concluye para fines de este año.

Nuestra idea era que, conforme la perspectiva de una inminente ejecución concentra la atención, el plazo y la muerte eventual de la Ronda de Doha galvanizarían a los estadistas del mundo en pos de completar el último kilómetro de la maratón. (La analogía no puede ser más apropiada, ya que el director general de la OMC, Pascal Lamy, que mantuvo el proceso en marcha de manera brillante, es corredor de maratón).