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El dilema del multiculturalismo

De pronto mucha gente duda en utilizar el término "sociedad multicultural", o al menos en usarlo de forma positiva, como un ideal deseable al que la realidad social debería al menos aproximarse.

Los ataques terroristas de julio en Londres demostraron tanto la fuerza como la debilidad del concepto. Londres es ciertamente una metrópoli multicultural. Un ataque indiscriminado como lo es una bomba en el metro necesariamente matará a personas de diversos orígenes y creencias culturales.

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Sentado, o más probablemente de pie, en el metro de Londres, uno no deja de admirarse de la facilidad con que las madres judías y los hombres musulmanes, los jóvenes de las Indias Occidentales y los empresarios del sur de Asia y muchos otros soportan las mismas condiciones estresantes y tratan de aligerar su impacto siendo amables unos con otros. Los ataques terroristas demostraron no sólo cómo los individuos se ayudaron mutuamente, sino cómo la ciudad entera, con todos los ingredientes de su mezcla humana, mostró un espíritu común de resistencia.

Este es el lado positivo de una sociedad multicultural. Los observadores cuidadosos siempre han notado que se limita estrictamente a la esfera pública, a la vida en esas partes de la ciudad que son compartidas por todos. No se extiende de la misma manera a los hogares de las personas y ya no se diga a sus estilos de vida en la esfera privada.

Esta es una razón por la que Londres ha experimentado el otro lado, más oscuro, de la sociedad multicultural: la capa de multiculturalismo es delgada. No se necesita mucho para poner a gentes que pertenecen a un grupo en contra de otras con las que aparentemente habían vivido en paz.

Esto lo sabemos porque está en el centro del ambiente asesino que se apoderó de los Balcanes en los años noventa. Durante décadas (y en algunos casos mucho más), serbios y croatas --de hecho "yugoslavos" ortodoxos, católicos y musulmanes-- habían vivido juntos como vecinos. Pocos creían posible que entre ellos se diera una sangría de tal brutalidad que es muy poco probable que Bosnia Herzegovina pueda llegar a ser jamás una sociedad multicultural exitosa. Sin embargo sucedió, y de una manera distinta está sucediendo ahora en Inglaterra.

Es importante reconocer que no estamos hablando del regreso de hostilidades añejas. Los conflictos étnicos y culturales de hoy, que a menudo se dan en forma de terrorismo, no son la erupción de un volcán supuestamente extinto. Son, por el contrario, un fenómeno específicamente moderno.

Para los terroristas mismos, esos conflictos son consecuencia de los efectos inquietantes de la modernización. Bajo la capa de integración en un ambiente multicultural, muchas personas --sobre todo hombres jóvenes con orígenes inmigrantes-- están perdidos en el mundo de contradicciones que los rodea. Su mundo terso e incluyente de la tradición ya no existe, pero todavía no son ciudadanos seguros del mundo moderno e individualista. La cuestión no es principalmente una de empleo, o incluso de pobreza, sino de marginación y enajenación, de la falta de un sentido de pertenencia.

Es en esas circunstancias en las que entra en juego la característica clave del terrorismo: la prédica del odio por parte de líderes a menudo autonombrados. No son necesariamente líderes religiosos; en los Balcanes y en otros lugares son nacionalistas que predican la superioridad de una nacionalidad sobre otras. No obstante llamar a estos promotores del odio "predicadores" es adecuado porque invariablemente apelan a valores elevados para santificar actos criminales.

La movilización de las energías criminales que hacen esos predicadores del odio es en sí misma un fenómeno moderno. Está muy alejada incluso de reclamos tan dudosos como la autodeterminación de pueblos definidos como comunidades étnicas. Los predicadores del odio usan métodos muy modernos para aumentar su poder personal y crear caos.

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Pero para detenerlos no se necesita un conflicto armado, o incluso una retóricamente más laxa "guerra contra el terrorismo". Por supuesto, parte de la respuesta es identificar al número relativamente pequeño de personas que están dispuestas a utilizar sus vidas para destruir las de otros sin distinción ni propósito. Pero el asunto más importante es identificar a los predicadores del odio y acabar con sus incitaciones asesinas. Por eso es tan importante capturar y enjuiciar a Radovan Karadzic, quien alentó la furia homicida de tantos serbios bosnios. Y por eso se debe detener a los predicadores militantes islámicos.

Más allá de esta tarea cuidadosamente definida --y, en principio, limitada-- queda la necesidad de fortalecer la esfera de valores comunes y cooperación en sociedades que, después de todo, seguirán siendo multiculturales. Eso será difícil, y no se debe abordar de manera ingenua. Las diferencias no desaparecerán --y no tienen por qué hacerlo; pero garantizar que todos los ciudadanos puedan confiar los unos en los otros requiere que encontremos la forma de ampliar y reforzar la confianza cívica que vemos en la esfera pública.