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La brecha digital

LONDRES: Una división global está surgiendo entre quienes tienen computadoras y quienes no las tienen en el mundo. Llamémosla la brecha digital. Hace siete meses, durante la Cumbre de Kyushu-Okinawa, los países industrializados establecieron una Fuerza de Tarea para las Oportunidades Digitales (dotforce, por sus siglas en inglés), con el fin de compartir tecnología de informacion y telecomunicaciones con los países pobres. Sin embargo, ¿en verdad resulta tan fácil transferir tecnología de computación? Más aún, ¿no utilizararán los gobiernos de los países pobres y de los poscomunistas los supuestos poderes mágicos de las computadoras como pretexto para no establecer estrategias coherentes de crecimiento?

Se dice que, a menos que los países en desarrollo y los poscomunistas se pongan al día en ciuanto a la “revolución” de las computadoras, sus economías se seguirán atrasando. Es cierto que la integración a la economía mundial ofrece las mejores esperanzas para el crecimiento. No obstante, la integración no puede alcanzarse a través de la tecnología informática. De hecho Microsoft, la compañía de Bill Gates, ha afirmado que los países pobres necesitan estrategias sólidas de desarrollo y no un salto gigantesco al ciberespacio.

La pobreza y el subdesarrollo son el resultado de políticas macroeconómicas e industriales, de la distribución desigual del ingreso y de infraestructuras de mercado inadecuadas. De estos factores, sólo el último podría verse beneficiado por la tecnología informática.

Sin duda, la brecha digital excluye a gran parte de la población mundial, por edad, ingreso y lugar de residencia, de la revolución informática actual. Para poder aprovechar la tecnología informática y de comunicaciones (TIC), una economía necesita, además de una infraestructura sofisticada de telecomunicaciones, avances fundamentales en materia de alfabetización básica y educación técnica secundaria. Estas son las precondiciones para una transferencia tecnológica exitosa. También ayuda un régimen regulatorio liberal. Por ello, es evidente que la iniciativa dotforce no es una herramienta de desarrollo por sí misma. Los gobiernos deben actuar también.