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El colapso de Ahmadinejad

El presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, puede estar ganando respaldo en todo el mundo musulmán por su ferviente crítica de Estados Unidos, pero dentro de Irán, está perdiendo fuerza. Sus rivales políticos están ganando nuevas posiciones de poder, y la población está cada vez más disconforme con la continua caída de la economía.

Desde el principio, la República Islámica ha tenido una presidencia débil; la máxima autoridad está en manos del Líder Supremo, primero el Ayatollah Khomeini y ahora el Ayatollah Khamenei. El primer presidente de la República Islámica, Abolhassan Bani Sadr, fue desplazado del cargo un año después de su elección. Desde entonces, el régimen ha sido intolerante con un presidente fuerte, y ha demostrado en repetidas ocasiones que el cargo está subordinado al Líder Supremo.

La elección de Ahmadinejad hace dos años se produjo con grandes expectativas: el nuevo presidente prometía “llevar los precios del petróleo a la mesa de todos los hogares de Irán” y combatir la corrupción. Sin embargo, muchos de sus primeros nombramientos fueron retribuciones a sus partidarios y camaradas del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y la milicia Basij, grupos armados que movilizaron a los votantes en su nombre durante la campaña. Por ejemplo, el Ministerio del Petróleo le otorgó un contrato sin licitación previa por 1.300 millones de dólares a una compañía petrolera asociada con la Guardia Revolucionaria, y Ahmadinejad nombró a su cuñado como secretario de Gabinete.

Medidas como éstas pueden haber sido ignoradas en tiempos económicos prósperos. Pero el presupuesto iraní ahora tiene un déficit del 15% del PBI y las reservas extranjeras se están achicando, a pesar del boom petrolero. En lugar de distribuir las ganancias del petróleo a través de un programa de préstamos de bajo costo, como había prometido, el gobierno se vio obligado a racionar el combustible, ya que la promesa económica cedió lugar a la crisis.