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Alemania olvida a Europa

PARÍS – Varias decisiones adoptadas en los últimos años en Europa me han alarmado. La primera fue consecuencia de los tratados de Maastricht, Amsterdam, Niza y Lisboa, además del intento fracasado de lograr un acuerdo sobre la Constitución de la Unión. Después de dichos tratados, empezó a existir una regla de unanimidad dentro de la Unión Europea respecto de cualquier decisión relativa a la política exterior o la utilización de la fuerza armada para fines distintos de los humanitarios. Como todos deben estar de acuerdo para adoptar alguna medida, nada se acuerda y no se adopta medida alguna. A consecuencia de ello, Europa no puede desarrollar una política exterior.

La segunda decisión alarmante limitó el presupuesto de la Unión a tan sólo el 1 por ciento del PIB de la UE, con lo que impidió cualquier iniciativa política nueva durante gran parte del último decenio. La tercera decisión se refiere a los vetos británicos de las candidaturas de Jean-Luc Dehaene y Jean Claude Juncker a la Presidencia de la Comisión Europea. Cuando se pronunció ese último “no” británico, declaré con tristeza la muerte de una “Europa política”, acusación que me granjeó duras críticas, incluso de amigos.

Esas decisiones han llegado a ser más alarmantes con el tiempo, a medida que la necesidad de “más Europa” ha llegado a ser progresivamente más evidente. Sólo una Europa unida y fuerte puede abordar la lucha mundial contra el cambio climático, fomentar la adopción de nuevas normas financieras para evitar los excesos que propiciaron la crisis del período 2008-2009 y tratar con una China en ascenso que pronto representará el 20 por ciento del comercio mundial.

Las grandes crisis bancaria, financiera y económica, que todos los países del mundo siguen afrontando, han empeorado la situación. Irlanda, la mayor beneficiaria con mucha diferencia de todos los miembros de la UE, ha demostrado un potente reflejo antieuropeo, pese a haberse visto afectada antes y con más dureza por la crisis.