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La muerte de la feminidad rusa

Valentina Tereshkova, la primera cosmonauta soviética de sexo femenino –de hecho, la primera mujer en ir al espacio- recientemente celebró su septuagésimo cumpleaños. En una entrevista, manifestó su único deseo: volar a Marte, incluso con un boleto de ida. Fue un deseo implícito de una forma espectacular de suicidio, por una razón espectacularmente prosaica: la pérdida, experimentada por miles de mujeres rusas de su generación, de la base existencial de su vida.

La generación de Tereshkova, si bien abarcó casi la totalidad de la era del régimen soviético, había sido criada en la tradición de la feminidad rusa. Mucho más antigua que el régimen soviético, esta tradición hace hincapié en un espíritu de sacrificio –no sólo por los seres queridos, sino también por las grandes causas como la revolución, el Estado, la ciencia o el arte- que es profundamente hostil a la acumulación de dinero y bienes materiales como objetivo en la vida.

Después de la “perestroika” y del colapso de la URSS en 1991, estas mujeres no cambiaron sus vidas ni sus actitudes. No maldijeron lo que habían glorificado en el pasado ni abrazaron lo que alguna vez habían condenado. No participaron en la “privatización” de la propiedad del Estado ni entraron en el mundo del espectáculo para ganar dinero.

Estas mujeres –y Tereshkova, sin dudas, es una de ellas- estaban sorprendidas por los cambios que veían ante sus ojos. De hecho, el colapso del régimen soviético probablemente no fue tan horroroso para ellas como la creciente prostitución de la vida diaria, ya que negaba el significado de Rusia y de la feminidad rusa.