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El sesgo cultural de la genética

Todas las culturas imponen a sus miembros ideas sobre quiénes son, cómo surgieron y cuál es su lugar en la sociedad. Por ejemplo, en la Europa premoderna se creía que una mujer que tuviera relaciones sexuales antes del matrimonio podría quedar marcada por su amante, de manera que un hijo que naciera dentro del matrimonio se parecería a éste y no al esposo. Eso sirvió para justificar la importancia que se le daba a la castidad femenina.

Las ideas populares sobre la herencia son una herramienta cultural particularmente poderosa, pero no son exclusivas de las sociedades premodernas. Incluso la ciencia contemporánea tiene sus ideologías culturales propias sobre la herencia, que a menudo resulta difícil separar de los datos complejos y la alta tecnología que nosotros creemos que producen visiones objetivas y sin cargas de valor sobre la naturaleza.

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En el campo de los orígenes del hombre es bien sabido que el 99% de la secuencia del DNA humano es idéntico a la parte correspondiente del DNA de un chimpancé. De ahí, no es raro escuchar la conclusión de que no somos "más que" chimpancés (y condenados a ser violentos o a poseer cualquiera de los atributos que se le imputan actualmente a los simios) o que los simios merecen derechos humanos. Una vez más los significados sociales están integrados en las creencias sobre la herencia.

De hecho, esa gran similitud entre el DNA humano y el del chimpancé es producto de dos hechos culturales: nuestra familiaridad con el cuerpo del chimpancé y nuestra falta de familiaridad con el DNA. Después de todo, cuando el chimpancé mismo era nuevo e interesante (en el siglo XVIII), los eruditos de la época consideraron que era muy similar a la figura humana, tanto así que generalmente lo clasificaban como una variante de los humanos.

Después de varios siglos de estudiar a los simios, conocemos todas las sutiles diferencias de forma entre nuestra especie y la suya. Pero el surgimiento de las comparaciones moleculares en la década de 1960 y de las tecnologías del DNA en la de 1980 ofrecieron nuevas formas de comparar especies. La comparación de polímeros lineales –proteínas compuestas de cadenas de aminoácidos, o DNA compuesto de cadenas de nucleótidos—trajo la promesa de un enfoque tabular simple sobre la evolución.

Cuando comparamos el material genético de humanos y chimpancés constatamos en efecto que tiene una correspondencia de casi 99 sobre 100 sitios comparables. Pero este método omite mucho de lo que se ha aprendido sobre la evolución genómica en el último cuarto de siglo. Los procesos de mutación son mucho más complejos de lo que se pensaba hace unas décadas. El deslizamiento, la duplicación, la transposición y las recombinaciones ilegítimas de las cadenas producen diferencias cualitativas entre genomas estrechamente relacionados.

Así, si bien la similaridad de los nucleótidos en regiones homólogas está en efecto en el rango del 98 al 99%, esa cifra no incorpora o reconoce la diferencia medida en el tamaño de los genomas humano y del chimpancé o las grandes desigualdades en la estructura comosómica o genómica. Dado que la secuencia del DNA es una entidad unidimensional, se presta mucho mejor a hacer compraciones de una sola cifra que un cuerpo de cuatro dimensiones. Los genes que conducen a la producción del fémur humano y del chimpancé pueden ser iguales en un 98-99%, pero es imposible saber si los huesos mismos son más o menos similares que eso.

Tal vez el aspecto más seductor de la comparación del DNA sea su falta de contexto biológico. El valor del 98-99% de similitud entre el DNA humano y del simio resalta del resto de la vida. Podemos tener una cierta perspectiva zoológica de lo que esa cifra significa en realidad si comparamos otra especie con los simios y los humanos. En comparación con una ostra, por ejemplo, los chimpancés y los humanos son idénticos en al menos el 99% --hueso por hueso, músculo por músculo, nervio por nervio, órgano por órgano. Si acaso, la comparación del DNA subestima la profunda similitud entre los cuerpos del humano y del simio en el gran tejido de la naturaleza.

El contexto también revela algo en el extremo inferior de la escala. Dos secuencias de DNA generadas al azar tienen que ser idénticas en al menos el 25% debido al hecho de que el DNA es una secuencia de sólo cuatro bases. Por lo tanto, todas las formas de vida multicelulares, al haberse desarrollado a partir de una forma ancestral común única, tienen que ser idénticas en más del 25% de sus secuencias de DNA.

En otras palabras, un ser humano y una zanahoria tienen mucho en común genéticamente, a pesar de que entre ellos hay muy poca similitud física. Aquí la comparación del DNA sobrestima enormemente la relación real entre especies. Las comparaciones genéticas sencillamente no dan una "visión interna" de las relaciones entre especies o un resumen de ellas.

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En otras palabras, este aparente hecho de la naturaleza –la enorme similitud genética entre humanos y simios—está construido a partir de la cultura. Eso no quiere decir que sea inexacto o falso; simplemente que su significado es mucho menos obvio de lo que parece superficialmente.

Nosotros nos explicamos el mundo y el lugar que ocupamos en él culturalmente –y la ciencia facilita más información para construir ese lugar. Pero al igual que cualquier otro pueblo, nuestra aplicación de esa información al rompecabezas de nuestra existencia está fuertemente influenciada por nuestras ideas no científicas, nuestras extendidas ideologías populares sobre la herencia.