El nuevo modelo de nómada

MOGADISCIO – Uno de mis primeros recuerdos infantiles es el de nadar en un pequeño barranco cerca de la casa de mi abuela en Yaaq Bari Wayne, un polvoriento conjunto de construcciones de adobe agrupadas en las llanuras de la región meridional de la bahía de Somalia. Después de la temporada de las lluvias, el barranco se convertía en una profunda grieta triangular abierta en el suelo y llena de agua fangosa. Los niños se reunían en ella como hormigas en azúcar derramado, se lanzaban desde los salientes y se sumergían en sus turbias profundidades con gritos y exclamaciones de entusiasmo.

Muchos de ellos eran hijos de ganaderos nómadas, que en mayo y junio se dirigían al Sur en busca de mejores pastos. Cuando llegaban, aparecían en las afueras de la ciudad domos marrones hechos de ramas entrecruzadas y capas de esterillas multicolores como agrupaciones de escarabajos moteados.

Para mí, el nómada era una figura romántica, semejante al cowboy americano del “salvaje oeste”. En el medio más inhóspito del mundo, recorrían centenares de kilómetros a pie, sobreviviendo a base de leche de camello y carne seca y con todas sus posesiones atadas al lomo de un camello.

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