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Las consecuencias del extremismo coreano

SEÚL – Una vez más, la península de Corea está experimentando uno de sus periódicos accesos de extremismo, esta vez marcado por el suicidio el 22 de mayo del ex presidente Roh Moo-hyun y el segundo ensayo de un artefacto nuclear de Corea del Norte. El suicidio de Roh es un desastre para su familia y una vergüenza nacional, mientras que la explosión nuclear del dirigente de Corea del Norte, Kim Jong-il, es algo así como un berrinche, pero que puede tener consecuencias espantosas para las dos Coreas y para el mundo.

La bomba norcoreana, calculada en unos cuatro kilotones, no tiene la menor comparación con la magnitud de las bombas atómicas de 15-21 kilotones que los Estados Unidos lanzaron en el Japón hace sesenta y cuatro años. De hecho, ese jactancioso intento por parte de Kim Jong-il recuerda a los coreanos la rana bramadora de las fábulas de Esopo que se hinchó para imitar a un buey.

Sin embargo, la beligerancia de Corea del Norte que desafía al mundo no es pura y simple locura. Es más bien un subproducto de su intenso temor a un hundimiento del régimen.

Como coreano que soy, siempre me asombra el extremismo coreano. ¿Dónde se puede encontrar en el mundo una mutación dinástica regimentada y militarizada de un sistema comunista totalitario más aislada que en Corea del Norte? ¿Dónde se puede ver en la Tierra un pordiosero con armas nucleares y que lanza misiles como Kim Jong-il? ¿Acaso hay otro país en el que sólo un padre y su hijo hayan gobernado como semidioses durante sesenta y un años?