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La inminente cumbre de San Putinsburgo

San Petersburgo es un lugar maravilloso a comienzos del verano, cuando las “Noches Blancas” bañan los palacios imperiales y las avenidas de la ciudad. No debe sorprender, entonces, que al presidente ruso, Vladimir Putin, le agrade hacer alarde de su ciudad natal.

Hace tres años, durante el 300 aniversario de la capital zarista, Putin le dio la acogida a unos 40 jefes de Estado, desde George W. Bush y Gerhard Schroeder hasta el dictador bielorruso Alexandar Lukashenka y Saparmyrat Nyazov de Turkmenistán, que se hace llamar “Turkmenbashi”, el padre de los turcomanos. Los activistas por los derechos humanos cuestionaron la sensatez de apoyar al líder de una Rusia cada vez más autoritaria. Sin embargo, Putin logró simultáneamente celebrar su cooperación con Europa en contra de la guerra en Irak, obligar a Estados Unidos a digerirlo y ser reconocido frente a sus acólitos locales como un líder mundial.

Este verano, San Petersburgo (apodada “San Putinsburgo” por el ingenio local) tal vez presencie una función repetida: Rusia presidirá, por primera vez, una cumbre del G8, a pesar del creciente autoritarismo, la guerra sangrienta en curso en Chechenia y, ahora, el apoyo al programa nuclear iraní.

Desoyendo las críticas cada vez más fuertes, Bush se opone a los llamados a boicotear la cumbre. “Necesito estar en una posición en la que pueda sentarme con él (Putin) y ser muy sincero sobre nuestros temores”, dijo Bush a fines de marzo, en la Freedom House de Washington.