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El color de Putin

La conciencia pública siempre recurre a estereotipos, pero siempre es mucho peor cuando los estereotipos substituyen a la conciencia de las minorías selectas de una sociedad. Así es en relación con la Rusia actual.

Los círculos liberales occidentales y nacionales suelen caracterizar el gobierno de Vladimir Putin como cada vez más autoritario e ineficaz. En la medida en que los regímenes no liberales –y sobre todo los personales– están considerados los menos, estables, la conclusión lógica es la de que el guión de las “revoluciones de colores” que observamos en Georgia, Ucrania y Kirguistán podría repetirse en Rusia.

Naturalmente, en la Rusia actual todo es posible, pero creo que quienes piden una “revolución de color” abrigan más ilusiones que lógica práctica.

Téngase en cuenta, por ejemplo, que nadie ha creado una forma precisa de calibrar si un gobierno es –y en qué medida– eficaz. Si el criterio de eficacia es la capacidad para lograr todos los fines de la sociedad, probablemente nunca veremos algo así. Los Estados Unidos, con un gobierno que no podemos calificar de débil precisamente, falló en la guerra del Iraq y en el período inmediatamente posterior a la llegada del huracán Katrina. Comparados con esos fracasos, los logros de Vladimir Putin en Chechenia parecen el culmen del éxito.