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El dilema del sistema bancario

BARCELONA – A los encargados de los bancos centrales y a los reguladores les suele preocupar que un exceso de competencia en el sector financiero aumente la inestabilidad y el riesgo de colapso sistémico. Por su parte, las autoridades encargadas de velar por la competencia tienden a creer que cuanto mayor sea la competencia, mejor. Ambas partes no pueden estar en lo cierto.

Entre la competencia y la estabilidad se da una relación de intercambio. En la práctica, una mayor presión competitiva puede aumentar la fragilidad de los balances bancarios y volver a los inversores más propensos al pánico; también puede deteriorar la capacidad de operación de las instituciones (charter value).

Un banco que opera con márgenes estrechos y responsabilidad limitada no tiene mucho que perder, de modo que tenderá a correr riesgos. Esta tendencia se verá agravada por la existencia de garantías públicas sobre los depósitos y por las políticas dirigidas a proteger a las instituciones que son “demasiado grandes para quebrar” (too‑big‑to‑fail). El resultado es un mayor incentivo a asumir riesgos. De hecho, en el caso de bancos que se encuentran al borde de la quiebra en sistemas desregulados, hay pruebas irrefutables de la acción de este tipo de incentivos perversos.

Por eso, después de que los sistemas financieros del mundo desarrollado comenzaron a liberalizarse en la década de 1970 (proceso que se inició en los Estados Unidos), se dio un aumento en la cantidad y la gravedad de las crisis. Esta nueva vulnerabilidad contrasta claramente con la estabilidad del período de exceso de regulación que siguió a la Segunda Guerra Mundial. La crisis ocurrida en los EE. UU. en la década de 1980 (que tuvo su origen en las asociaciones de ahorro y préstamo llamadas thrifts) y las crisis de Japón y Escandinavia durante la década de 1990 pusieron de manifiesto que, sin una adecuada regulación, la liberalización financiera induce a la inestabilidad.