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¿Primavera árabe para las naciones?

JERUSALÉN – Hay dos cosas que se destacan en Oriente Próximo desde que comenzó la Primavera Árabe: una de ellas ocurrió, la otra no. La que ocurrió fue que por primera vez en la historia moderna del mundo árabe, regímenes y gobernantes autoritarios fueron derrocados (o seriamente cuestionados) por manifestaciones populares y no, como en el pasado, por golpes militares.

Pero lo que no ocurrió tal vez sea tan importante como lo que sí. Aunque de un día para el otro el poder de dictadores asociados con juntas militares se vio desafiado, la Primavera Árabe no alcanzó a las monarquías conservadoras de la región. Las dinastías que gobiernan Marruecos, Jordania, Arabia Saudita y los estados del Golfo (con excepción de Bahréin) siguen en pie, con más o menos firmeza, aun cuando (al menos) el régimen saudí es, en muchos aspectos, mucho más opresivo que los antiguos regímenes de Egipto y Túnez.

Es verdad que lo que sostiene a las autocracias es, en parte, la ayuda de los ingresos petroleros, pero ese factor no cuenta en Marruecos y Jordania. Parece que estas monarquías poseen una forma de autoridad tradicional que los gobernantes nacionalistas seculares de la región nunca tuvieron. Ser descendientes del Profeta (como en Marruecos y Jordania) o tener la custodia de los lugares sagrados de la Meca y Medina (como en Arabia Saudita) confiere a los gobernantes de estos países una legitimidad que entronca directamente con el Islam.

El único régimen monárquico cuya autoridad fue seriamente cuestionada durante la Primavera Árabe fue el de la familia sunita que gobierna Bahréin (país de mayoría shiíta). Precisamente esta división sectaria parece haber sido allí el ingrediente fundamental del levantamiento que fue inmediatamente suprimido en forma brutal con ayuda militar de Arabia Saudita.