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El pensamiento apocalíptico

LONDRES – Era de esperar que el ex vicepresidente de Estados Unidos, Al Gore, diera al ciclón que azotó Birmania este mes un tono apocalíptico. “El año pasado”, dijo, “una tormenta catastrófica golpeó Bangladesh. Un año antes, China sufrió el ciclón más fuerte en 50 años …Estamos presenciando las consecuencias que desde hace mucho los científicos han predicho que pueden estar asociadas al calentamiento global continuo”.

Extrañamente, Gore no incluyó el tsunami de 2004 en Asia, que provocó 225,000 muertos. Su mensaje no tan subliminal era que estas catástrofes naturales presagian el fin del mundo.

Las creencias apocalípticas siempre han formado parte de la tradición cristiana. Expresan el anhelo por el día en que el cielo llegue a la tierra, cuando el mal será destruido y los buenos se salvarán. En su forma religiosa clásica, esas creencias se basan en señales y presagios como los terremotos y las manchas solares, que se pueden interpretar, con base en pasajes bíblicos, como augurios de un gran cataclismo y una purificación. Así pues, los momentos cataclísmicos son producto de una sensación de crisis: las guerras o los desastres naturales los pueden desencadenar.

El pensamiento apocalíptico clásico goza de buena salud, sobre todo en Estados Unidos, donde se alimenta del fundamentalismo protestante y se comercializa en masa con todos los recursos de los medios modernos. Según ciertos rumores, los círculos cercanos a la administración Bush interpretan los males modernos, como el terrorismo, como confirmación de las profecías bíblicas.