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El imperativo de la lucha contra el hambre

BRUSELAS - Son muchas las Cumbres previstas para este año, pero la Cumbre Mundial sobre Seguridad Alimentaria merece una especial atención. Esta reunión, que se celebrará en Roma del 16 al 18 de noviembre, dará un impulso político imprescindible a tres cuestiones vinculadas entre sí que se incluyen entre los principales retos de este siglo: la seguridad alimentaria, la biodiversidad y el cambio climático.

Estamos fracasando colectivamente en la lucha contra el hambre en el mundo. Actualmente, más de mil millones de personas en el mundo carecen de comida suficiente para cubrir sus necesidades alimenticias básicas diarias, y la situación en los países en desarrollo empeora cada día.

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Esto supone, ante todo, un escándalo intolerable. ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI, tras conseguir que el hombre pise la Luna, todavía no hayamos sido capaces de alimentar a todos los habitantes de nuestro planeta? Los responsables políticos deben reconocer, por otra parte, que la inseguridad alimentaria guarda relación con los persistentes efectos de la crisis económica y el actual cambio climático, y que representa una importante amenaza para nuestra sociedad en su conjunto.

Hay que decir, para ser justos, que los líderes mundiales han reaccionado ante la situación. En la reciente Cumbre del G8 en L'Aquila,  Italia, asumimos el firme compromiso «de actuar en la escala y con la urgencia necesarias para alcanzar una seguridad alimentaria global» y nos comprometimos colectivamente a desembolsar un total de 20.000 millones de dólares en tres años. Se trata de un compromiso considerable, pero que podría no ser suficiente. Tendremos que esforzarnos aún más por aumentar la producción agrícola y liberalizar el potencial comercial para reforzar la seguridad alimentaria, y por gestionar el creciente impacto del cambio climático en la agricultura.

También la Comisión Europea ha reaccionado positivamente, aportando, a través de distintos instrumentos, una financiación destinada a favorecer la seguridad alimentaria. El «mecanismo alimentario» de la Unión Europea adoptado el pasado año moviliza actualmente mil quinientos millones de dólares suplementarios para dar una respuesta rápida a la fuerte subida de los precios de los alimentos. Además, inyectaremos otros cuatro mil millones de dólares en los tres próximos años para financiar actividades que ayudarán a los países a mejorar la seguridad alimentaria y a adaptarse al cambio climático.

El aumento de la dotación financiera destinada a combatir, entre otros, los problemas de seguridad alimentaria debería ser uno de los principales resultados de los programas financieros que la UE respalda con fuerza de cara al próximo gran acontecimiento del calendario de Cumbres: la conferencia de Copenhague sobre el clima, que se celebrará en el mes de diciembre. Tanto el cambio de las pautas meteorológicas como el alcance y la frecuencia de los fenómenos climáticos extremos requerirán inversiones sustanciales si queremos que los agricultores puedan adaptarse con éxito a la nueva situación. Los más pobres son los más afectados por estos cambios y las tendencias globales encubren profundas disparidades regionales.

Los pequeños agricultores, y en particular los de los países en desarrollo, serán las primeras víctimas del cambio climático. Si no actuamos con rapidez, los 40 países más pobres, principalmente en el África subsahariana y en América Latina, perderán de aquí a 2080 entre el 10 % y el 20 % de su capacidad de producción de cereales básicos a causa de la sequía.

Pero tenemos a nuestro alcance algunas soluciones a este problema. Se infravalora a menudo el impacto de la biodiversidad, lo que también supone infravalorar las posibilidades que nos ofrece para afrontar los retos globales. Cuanto más diversas son las formas de vida en un determinado ecosistema, mayor es su capacidad de reacción ante el cambio.

Así pues, la biodiversidad puede actuar como «póliza de seguro» natural frente a los cambios medioambientales imprevistos y paliar las pérdidas que  éstos generan (junto con los desastres y las enfermedades). La biodiversidad desempeña un papel esencial para una producción alimentaria segura y estable a largo plazo. Las hambrunas que se registraron en Irlanda en el siglo XIX y en Etiopía a finales del siglo XX demuestran claramente la vulnerabilidad de los cultivos no diversificados a los cambios medioambientales, y las dramáticas consecuencias de esta vulnerabilidad para la población.

La diversidad de los cultivos supone asimismo importantes ventajas para el ecosistema. Las variedades que resisten a la sequía y a las inundaciones permiten no sólo aumentar la productividad, sino también evitar la erosión de los suelos y la desertización. En el sur de Ghana, por ejemplo, los agricultores consiguieron reducir las malas cosechas resultantes del carácter variable e imprevisible de las precipitaciones cultivando distintas variedades de una misma especie resistentes a la sequía. Además, la diversificación de los cultivos redujo las necesidades de pesticidas costosos y nocivos para el medio ambiente.

Estoy, por lo tanto, convencido de que conviene apostar por la biodiversidad para luchar contra el cambio climático y la inseguridad alimentaria, y de que debemos prestar una mayor atención a esta cuestión.

La próxima semana, en la reunión de mandatarios que se celebrará en Roma, espero que nos pondremos de acuerdo sobre las prioridades esenciales en la lucha contra el hambre y la inseguridad alimentaria, y en particular sobre la designación de una autoridad encargada de asesorar a los Gobiernos y a las instituciones internacionales en materia de seguridad alimentaria. En efecto, necesitamos en esta materia lo que el grupo de expertos intergubernamental de las Naciones Unidas ya ha hecho con relación al cambio climático: un sistema de alerta roja para el planeta basado en constataciones científicas. Yo me comprometo, en el inicio de mi nuevo mandato de cinco años en la Comisión Europea, a seguir haciendo todo lo que esté en mi mano para promover este asunto crucial.

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Pero incluso las mejores y más actualizadas políticas de financiación seguirán siendo inútiles si en los países en desarrollo los Gobiernos no traducen sus compromisos en dinero efectivo y en mayores inversiones en el sector agrario a escala mundial.

Dejemos pues que la Cumbre Mundial sobre Seguridad Alimentaria aporte finalmente la prueba tangible del compromiso de todos los Gobiernos en favor de un objetivo común: un mundo sin hambre. La historia no dejará de juzgarnos desfavorablemente si fracasamos.