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El dios antidrogas que falló

A los rusos y ucranianos se les está haciendo víctimas una vez más de un sueño utópico. Desde el fin del comunismo en 1991, esos países (y otros) han experimentado un sensible incremento en el uso de drogas. Su respuesta han sido políticas draconianas que son un reflejo de los mensajes simplistas de una sociedad sin drogas que proponen los tratados sobre narcóticos de la ONU y las instituciones encargadas de aplicarlos. Hoy en día esas políticas están contribuyendo a una explosión de infecciones de VIH en gran parte del mundo en desarrollo.

Los tratados de la ONU que guían la política global para los narcóticos no reflejan ninguno de los recientes descubrimientos sobre el uso de drogas y las adicciones. En efecto, la mayoría de las convenciones de la ONU en la materia se adoptaron mucho antes de la aparición del VIH-SIDA, una enfermedad acelerada por el uso de drogas inyectadas en la ex-Unión Soviética y muchas partes de Asia.

Consideremos a Rusia y Ucrania, que tienen la tasa de crecimiento más rápida de infecciones de VIH. El número de personas con VIH en Rusia y Ucrania ha aumentado más de 18 veces durante los últimos cinco años. Se estima que 1.5 millones de rusos y 400,000 ucranianos tienen la enfermedad. Al menos el 85% de los casos se atribuyen al uso de drogas intravenosas.

Los gobiernos de Rusia y Ucrania dedican la mayor parte de los recursos que tienen para atender el problema de los estupefacientes a la aplicación de las leyes, en un intento mal concebido por cumplir con los tratados sobre narcóticos de la ONU. Los usuarios sufren abusos de la policía y se apartan de los servicios vitales de salud y tratamiento. Mientras tanto, el flujo de drogas se mantiene constante.