0

La Era de los Derechos Humanos

NUEVA YORK: En el amanecer del siglo XXI, las Naciones Unidas han cobrado más importancia que nunca en la vida de las personas. A través de nuestro trabajo en las áreas del desarrollo, el mantenimiento de la paz, el medio ambiente y la salud estamos contribuyendo a que las naciones y las comunidades construyan un futuro mejor, más libre y más próspero. Sobre todo, nos hemos comprometido con la idea de que los derechos humanos de ningún ser humano –sin importar su género, raza, o procedencia étnica—pueden quebrantarse o ignorarse.

Esta idea está consagrada en la Carta de las Naciones Unidas y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Es nuestra mayor fuente de inspiración y el impulso de nuestros más grandes esfuerzos. Hoy en día, sabemos mejor que nunca que, sin el respeto a los derechos del individuo, ninguna nación, ninguna sociedad puede ser realmente libre. El individuo ha sido el centro de nuestras preocupaciones, ya sea que eso signifique promover el desarrollo, resaltar la importancia de las acciones preventivas o intervenir –incluso a través de fronteras entre Estados—para detener las violaciones flagrantes y sistemáticas a los derechos humanos. La promoción y la defensa de los derechos humanos se encuentra en el corazón de cada aspecto de nuestro trabajo y de cada artículo de la Carta de las Naciones Unidas. Por encima de todo, yo creo que los derechos humanos forman la médula de nuestro vínculo sagrado con los pueblos de las Naciones Unidas. Cuando a los civiles se les ataca y masacra por su procedencia étnica, como en Kososvo, el mundo espera que las Naciones Unidas los defiendan. Cuando hombres, mujeres y niños sufren vejaciones y mutilaciones, como en Sierra Leona, otra vez el mundo vuelve sus ojos a las Naciones Unidas. Cuando a las mujeres y las niñas se les niega su derecho a la igualdad, como en Afghanistán, el mundo busca que las Naciones Unidas respondan. Probablemente la lucha por los derechos humanos es el aspecto que más percibe la comunidad global, y es profundamente relevante en las vidas de quienes tienen mayor necesidad –los torturados, los oprimidos, los acallados y las víctimas de la „limpieza étnica“ y de la injusticia. Si frente a esos abusos no hablamos, si no actuamos en defensa de los derechos humanos y abogamos por su carácter universal, ¿cómo podríamos justificarnos ante esa comunidad global? En un mundo en el que la globalización ha limitado la capacidad de los estados para controlar sus economías, regular sus políticas financieras y aislarse del daño ambiental y la migración humana, el último derecho de los estados no puede ni debe ser el derecho a esclavizar, perseguir y torturar a sus propios ciudadanos.

Los logros de la ONU en materia de derechos humanos durante los últimos cincuenta años se han basado en la aceptación universal de los derechos enumerados en la Declaración Universal y en el repudio creciente hacia prácticas que no pueden justificarse en ninguna cultura y bajo ninguna circunstancia. Sin embargo, creo que no es suficiente que las Naciones Unidas tengan claro a qué es a lo que se oponen. El mundo tiene que saber contra quiénes nos oponemos, nada menos. En la era de los derechos humanos, las Naciones Unidas deben tener el valor de reconocer que, así como hay metas comunes, también hay enemigos comunes.

No debemos dejar duda de que, para los asesinos masivos, los „limpiadores étnicos“, y quienes sean culpables de violaciones flagrantes y repugnantes a los derechos humanos, la impunidad es inaceptable. Las Naciones Unidas nunca serán su refugio; nuestra Carta jamás será su fuente de consolación o justificación. Quizá el reto más importante sea el combate a las violaciones más indignantes en el campo de los derechos humanos –las violaciones flagrantes, que en demasiados casos incluyen ejecuciones sumarias, desplazamientos forzosos y ataques indiscriminados contra la población civil. De todas esas violaciones, el genocidio no conoce paralelo en la historia de la humanidad. La trágica ironía de esta era de los derechos humanos –cuando un número de individuos mayor que nunca en la historia gozan de sus derechos humanos—es que se ha visto empañada una y otra vez por brotes de violencia indiscriminada y por matanzas masivas organizadas. En Camboya, en la década de los setenta, el régimen de Pol Pot asesinó a dos millones de personas. En los noventa, desde Bosnia hasta Ruanda, miles y miles de seres humanos fueron masacrados por pertenecer a la etnia equivocada. En cada ocasión, el mundo dice „nunca más“. Y sin embargo, vuelve a suceder. La violenta y sistemática campaña de „limpieza étnica“ que llevaron a cabo las autoridades serbias en Kosovo tenía un solo fin aparente: expulsar o asesinar al mayor número posible de personas de etnia albana en Kosovo; con ello, privaron a un pueblo de sus derechos básicos a la vida, la libertad y la seguridad. El resultado fue un desastre humanitario en la región entera. Todos sentimos profundamente que la comunidad internacional, a pesar de meses de esfuerzos diplomáticos, no fuera capaz de impedir ese desastre. Lo que me da esperanza –y en el futuro debería darle a todo „limpiador étnico“ y a todo arquitecto gubernamental de asesinatos masivos motivo para contenerse—es que el sentimiento universal de furia que se generó condujo al regreso de la población albana a Kosovo. De manera lenta, pero creo que segura, está surgiendo una norma internacional en contra de la represión violenta en contra de las minorías, que debe tomar precedencia sobre las consideraciones de soberanía estatal. Es un principio que protege a las minorías –y a las mayorías—de las violaciones flagrantes. Por ello, permítanme ser muy claro: aún cuando somos una organización de Estados Miembros, los derechos e ideales cuya protección es el motivo de que existan las Naciones Unidas son los de los pueblos. Ningún gobierno tiene el derecho de ocultarse detrás de la soberanía nacional para violar los derechos humanos o las libertades fundamentales de sus pueblos. Los derechos humanos y las libertades fundamentales de una persona son sagrados, ya sea que pertenezca a una minoría o a la mayoría.