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El interminable juego de Tailandia

BANGKOK – La hospitalización del Rey Bhumibol Adulyadej ha puesto sobre el tapete la pregunta más sobrecogedora para Tailandia: la desgarradora lucha política que el país ha sufrido en los últimos años ha girado en el fondo en lo que ocurrirá una vez que el reinado del debilitado rey de 81 años llegue a su fin.

El fin de juego de Tailandia ha sido moldeado por varios acontecimientos de importancia: el golpe militar de septiembre de 2006, la actual constitución y las elecciones de 2007, respaldadas por el ejército, las protestas callejeras y la toma de la Casa de gobierno y los aeropuertos de Bangkok en 2008, el gobierno de coalición del Primer Ministro Abhisit Vejjajiva, intermediado por el ejército y que ha regido desde enero de este año, y los disturbios de abril en Bangkok. Lo que está en juego es el alma de una Tailandia emergente, con ramificaciones de largo aliento para las democracias en desarrollo, así como para la comunidad internacional en general.

En la colorida crisis tailandesa se enfrentan los camisas “amarillas” monárquicos, conservadores y predominantemente urbanos con las columnas “rojas” y mayoritariamente rurales del ex Primer Ministro Thaksin Shinawatra. Esto se explica por el hecho de que durante gran parte del auge económico de Tailandia de las últimas dos décadas la riqueza ha permanecido principalmente el área metropolitana de Bangkok, bastión de la próspera clase media urbana, generando un profundo resentimiento en la mayoría rural.

Si bien la población rural ha tenido más que suficiente para comer, sus oportunidades económicas y movilidad en la escala social se han visto limitados por un pésimo sistema educacional y medios de comunicación estatales dóciles que la llenan de telenovelas y mensajes oficiales. Para que un don nadie se convierta en alguien, todos los caminos pasan por Bangkok y sus prestigiosas escuelas preparatorias y universidades. Las áreas agrícolas de Tailandia se fueron alejando cada vez más de la elite urbana. Thaksin reconoció esta brecha entre campo y ciudad y la explotó hábilmente, poniendo fin al consenso entre las elites que hasta entonces había prevalecido.