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Tailandia al borde del precipicio

BANGKOK – El asedio de dos meses al centro de Bangkok por los llamados “camisas rojas” ha acabado en un baño de sangre. Más de 60 personas, incluidos dos reporteros extranjeros y algunos soldados, murieron en la represión de la rebelión urbana por parte del ejército tailandés.

El Gobierno tailandés no tenía otra opción que el uso de la fuerza después de que fracasaran las negociaciones con los que protestaban. Ambos bandos sentían una desconfianza profunda mutua, aunque los cinco puntos de la “hoja de ruta” del Gobierno para una resolución pacífica reconocían implícitamente la existencia de graves problemas socioeconómicos e incluían un adelanto de las elecciones generales al próximo noviembre, concesión a los que protestaban, quienes afirman que el Gobierno carece de legitimidad, porque nunca ha sido elegido.

Ahora gran parte de Tailandia está sometida a un toque de queda durante toda la noche, impuesto después de que unos “camisas rojas” radicales prendieran fuego a más de 35 edificios famosos de Bangkok. Entre los blancos de los militantes figuraban sucursales del Banco de Bangkok, el mayor del país y un pilar del sistema; la plaza de Siam, propiedad del Palacio; y un centro comercial de lujo, propiedad de una de las familias chinas más ricas de Tailandia.

Esa anárquica furia reflejaba la decepción de los radicales con sus dirigentes por haber cedido prematuramente ante las autoridades, en lugar de haber luchado hasta el último aliento. Los que no cedieron querían dar muestras de su rebeldía. Los incendios fueron también un volcánico estallido de odio de clase por parte de los desfavorecidos, rurales y urbanos, contra la acaudalada clase dirigente radicada en Bangkok.