1

El desencanto del Iraq

LONDRES – Hace veinticinco años, el 16 de marzo de 1988, las tropas de Sadam Husein esparcieron gas venenoso por la ciudad kurda de Halabja. El ataque, que mató a unas 5.000 personas e hirió a 10.000 más, sigue siendo el mayor jamás lanzado con armas químicas contra una población civil.

A la luz de la atrocidad de Halabja y la campaña genocida Anfal, aún mayor, contra los kurdos y la represión en masa en todo el país, la pregunta de si “el Iraq está mejor ahora que bajo Sadam Husein” no requiere gran deliberación. Los iraquíes se han librado de un dictador responsable de la muerte de al menos un millón de iraquíes, un hombre que metió al país en tres guerras en 24 años y cuyas políticas (con la complicidad de la comunidad internacional) mantuvieron a los iraquíes de a pie sometidos a las sanciones más estrictas jamás impuestas por las Naciones Unidas. Sí, el Iraq está mejor sin aquel déspota absoluto.

Pero, para quienes participamos en el empeño de reconstruir el Iraq a partir de 2003, esa respuesta es demasiado simplista. Nosotros ponemos el listón mucho más alto. No cabe duda de que se debe calibrar el éxito de la guerra en función de si se han conseguido sus objetivos: en particular, el establecimiento de una democracia constitucional y la reconstrucción económica del país. Con ese criterio, la guerra en el Iraq fue un fracaso monumental.

La Autoridad Provisional de la coalición encabezada por los Estados Unidos concedió el poder a un nuevo grupo de minorías políticas que fundamentalmente desconfiaban unas de otras y, lo que es más importante, no se coligaron en torno a una concepción compartida para gobernar el país. En lugar de dar tiempo a esos nuevos políticos para preparar avenencias, los americanos impusieron un proceso constitucional disgregador y que exacerbó las fisuras existentes, lo que propició la guerra civil de 2006-2007.