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Cómo la desigualdad encontró una voz política

MILÁN – Llevó mucho tiempo que la creciente desigualdad tuviera un impacto en la política, como lo ha hecho repentinamente en los últimos años. Ahora que es una cuestión central, las prioridades económicas nacionales tendrán que cambiar de modo sustancial para crear economías y sociedades más equitativas e inclusivas. Si no lo hacen, la gente podría abrazar alternativas explosivas para sus gobiernos actuales, como los movimientos populistas que hoy se están propagando en muchos países.

Los líderes políticos muchas veces hablan de patrones de crecimiento que distribuyen de manera injusta los beneficios del crecimiento; pero hacen relativamente poco al respecto una vez que están en el poder. Cuando los países se embarcan en el sendero de los patrones de crecimiento no inclusivo, por lo general la consecuencia es una falta de respeto por la experiencia, una desilusión con el sistema político y los valores culturales compartidos y hasta una mayor fragmentación y polarización social.

Reconocer la importancia de cómo se distribuyen los beneficios económicos, por supuesto, no es algo nuevo. En los países en desarrollo, la exclusión económica y la desigualdad extrema nunca fueron propicias para patrones de crecimiento elevado en el largo plazo. En estas condiciones, las políticas pro-crecimiento son políticamente insustentables y, en definitiva, resultan afectadas por distanciamientos políticos, malestar social o, inclusive, violencia.

En Estados Unidos, la creciente desigualdad ha sido una realidad al menos desde los años 1970, cuando la distribución relativamente equitativa de los beneficios económicos de los primeros años posteriores a la Segunda Guerra Mundial comenzó a volverse sesgada. A fines de los años 1990, cuando las tecnologías digitales comenzaban a automatizar y deintermediar más empleos de rutina, el cambio hacia una mayor desigualdad en materia de riqueza e ingresos avanzó inexorablemente.