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Cómo la desigualdad encontró una voz política

MILÁN – Llevó mucho tiempo que la creciente desigualdad tuviera un impacto en la política, como lo ha hecho repentinamente en los últimos años. Ahora que es una cuestión central, las prioridades económicas nacionales tendrán que cambiar de modo sustancial para crear economías y sociedades más equitativas e inclusivas. Si no lo hacen, la gente podría abrazar alternativas explosivas para sus gobiernos actuales, como los movimientos populistas que hoy se están propagando en muchos países.

Los líderes políticos muchas veces hablan de patrones de crecimiento que distribuyen de manera injusta los beneficios del crecimiento; pero hacen relativamente poco al respecto una vez que están en el poder. Cuando los países se embarcan en el sendero de los patrones de crecimiento no inclusivo, por lo general la consecuencia es una falta de respeto por la experiencia, una desilusión con el sistema político y los valores culturales compartidos y hasta una mayor fragmentación y polarización social.

 1972 Hoover Dam

Trump and the End of the West?

As the US president-elect fills his administration, the direction of American policy is coming into focus. Project Syndicate contributors interpret what’s on the horizon.

Reconocer la importancia de cómo se distribuyen los beneficios económicos, por supuesto, no es algo nuevo. En los países en desarrollo, la exclusión económica y la desigualdad extrema nunca fueron propicias para patrones de crecimiento elevado en el largo plazo. En estas condiciones, las políticas pro-crecimiento son políticamente insustentables y, en definitiva, resultan afectadas por distanciamientos políticos, malestar social o, inclusive, violencia.

En Estados Unidos, la creciente desigualdad ha sido una realidad al menos desde los años 1970, cuando la distribución relativamente equitativa de los beneficios económicos de los primeros años posteriores a la Segunda Guerra Mundial comenzó a volverse sesgada. A fines de los años 1990, cuando las tecnologías digitales comenzaban a automatizar y deintermediar más empleos de rutina, el cambio hacia una mayor desigualdad en materia de riqueza e ingresos avanzó inexorablemente.

La globalización tuvo que ver en esto. En los 20 años anteriores a la crisis financiera de 2008, el empleo en la industria en Estados Unidos declinó vertiginosamente en cada sector excepto en el farmacéutico, inclusive a pesar de que el valor agregado en la industria aumentó. La pérdida neta de empleos se mantuvo aproximadamente en cero sólo porque el empleo en los servicios aumentó.

Por cierto, gran parte del valor agregado en la industria en verdad proviene de los servicios como el diseño de productos, la investigación y desarrollo y el marketing. De modo que, si tenemos en cuenta esta composición de la cadena de valor, la caída de la fabricación -la producción de bienes tangibles- es aún más pronunciada.

Los economistas han venido registrando estas tendencias desde hace un tiempo. El economista del Instituto de Tecnología de Massachusetts David Autor y sus colegas han documentado meticulosamente el impacto en los empleos de rutina de la globalización y las tecnologías digitales que insumen una menor mano de obra. Más recientemente, el éxito editorial internacional del economista francés Thomas Piketty, El capital en el siglo XXI, amplió drásticamente nuestra conciencia de la desigualdad en la riqueza y describió las posibles fuerzas subyacentes que la impulsan. Raj Chetty y Emmanuel Saez, dos economistas jóvenes, brillantes y galardonados, han enriquecido la discusión con una nueva investigación. Y yo, por mi parte, he escrito sobre algunos de los cambios económicos estructurales asociados con estos problemas.

Con el tiempo, los periodistas también se ocuparon de estas tendencias y ahora resultaría difícil encontrar a alguien que no haya oído hablar del "1%" -una abreviatura para referirse a aquellos que están en la parte superior de la escala global de riqueza e ingresos-. Mucha gente hoy se preocupa por una sociedad bifurcada: una clase próspera de elites globales en la parte superior y una clase estresada que abarca a todos los demás. Aun así, a pesar de estas tendencias prolongadas, el status quo político y de políticas se mantuvo prácticamente indiscutido hasta 2008.

Para entender por qué a la política le llevó tanto tiempo ocuparse de las realidades económicas, deberíamos analizar los incentivos y la ideología. Con respecto a los incentivos, a los políticos no se les ofreció una razón lo suficientemente buena para abordar los patrones de distribución desigual. Estados Unidos tiene límites de financiamiento de campañas relativamente débiles, de modo que las corporaciones y los individuos adinerados -ninguno de los cuales por lo general prioriza la redistribución de los ingresos- han aportado un porcentaje desproporcionado a los fondos de financiación de campaña de los políticos. 

En términos de ideología, mucha gente simplemente sospecha de un gobierno expansivo. Reconocen la desigualdad como un problema, y en principio respaldan las políticas de gobierno que ofrecen una educación y servicios de atención médica de alta calidad, pero no confían en los políticos o los burócratas. A su entender, los gobiernos son ineficientes e interesados, en el mejor de los casos; y dictatoriales y opresivos, en el peor.  

Todo esto comenzó a cambiar con el surgimiento de las tecnologías digitales e Internet, pero especialmente con la llegada de las redes sociales. Como demostró el presidente norteamericano, Barack Obama, en el ciclo electoral de 2008 -seguido por Bernie Sanders y Donald Trump en el ciclo actual-, ahora es posible financiar una campaña muy costosa sin "mucho dinero".

En consecuencia, existe una creciente desconexión entre los fondos copiosos y los incentivos políticos; y si bien el dinero sigue siendo una parte del proceso político, la influencia en sí misma ya no pertenece exclusivamente a las corporaciones y a los individuos adinerados. Las plataformas de redes sociales ahora permiten que grandes grupos de personas se movilicen de maneras que recuerdan los movimientos políticos masivos de otras épocas. Estas plataformas pueden haber reducido el costo de la organización política y, como resultado de ello, la dependencia general de los candidatos del dinero, a la vez que ofrecen un canal de recaudación de fondos alternativo y eficiente.

Esta nueva realidad está aquí para quedarse y, más allá de quién gane las elecciones en Estados Unidos este año, cualquiera que no se sienta feliz con la alta desigualdad tendrá voz, la capacidad de financiarla y el poder de afectar la toma de decisiones políticas. Lo mismo sucederá con otros grupos que se ocupan de cuestiones similares, como la sustentabilidad ambiental, que no ha sido un foco importante en la actual campaña presidencial de Estados Unidos (los tres debates entre los candidatos no incluyeron ninguna discusión sobre el cambio climático, por ejemplo), pero que, con certeza, lo será en el futuro.

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Todo sea dicho, la tecnología digital está alterando las estructuras económicas y reequilibrando las relaciones de poder en las democracias del mundo -inclusive en instituciones que alguna vez se creían dominadas por el dinero y la riqueza.

Un electorado importante y de reciente influencia debería ser bienvenido. Pero no puede ser un sustituto de un liderazgo sabio, mientras que su existencia no garantiza políticas prudentes. Mientras se siguen reequilibrando las prioridades políticas, tendremos que diseñar soluciones creativas para solucionar nuestros problemas más difíciles, y para impedir una mala gestión populista. Es de esperar que éste sea el curso que transitamos hoy.