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La doma de los Tigres

BRUSELAS – Hace tres años, Sri Lanka eligió presidente a Mahinda Rajapaksa, porque prometió pasar a la ofensiva contra los Tigres de la Liberación de Tamil Eelam, la guerrilla que lleva 25 años luchando con vistas a lograr una patria independiente para la minoría tamil del país. Muchas personas bienintencionadas consideraron belicista la promesa de Rajapaksa e, incluso cuando el ejército de Sri Lanka ha estado abriéndose paso hacia la victoria, lo instaron a negociar con la organización terrorista tal vez más fanática del mundo (los Tigres Tamiles fueron –conviene recordarlo– quienes inventaron prácticamente el culto moderno a quien se suicida al cometer un atentado con bomba.)

Por fortuna, Rajapaksa escuchó más a sus ciudadanos, víctimas de los estragos causados por la guerra, que a terceros y hoy lo que parecía imposible –la victoria militar sobre los Tigres, el mayor, más antiguo y más rico ejército de guerrilleros del Asia meridional– parece al alcance de la mano. En los últimos meses, los Tigres han sufrido una serie de golpes devastadores. En lugar de dominar gran parte del norte de Sri Lanka,  ahora están confinados en un reducto que va mermando y reducidos a absurdas acciones militares efectistas, como, por ejemplo, el reciente bombardeo mediante un avión ligero del edificio de la Agencia Tributaria de la capital, Colombo. Miles de luchadores de los Tigres Tamiles han desertado. Un ejército rebelde ha quedado reducido a unos pocos fanáticos.

Pero luchar contra los Tigres y procurar conseguir un acuerdo de paz no son fines mutuamente excluyentes. Los predecesores del Presidente Rajapaksa pasaron años dedicados a conversaciones y ceses del fuego infructuosos, durante los cuales la guerrilla continuaba comprometida con su objetivo de dividir el país y exigiendo cambios políticos y socioeconómicos que ninguna democracia podría aceptar, mientras seguía matando y raptando. De modo que la debilitación militar de los Tigres siempre ha sido la condición necesaria para lograr un acuerdo político con los tamiles de Sri Lanka.

Ahora que la guerrilla no tiene escapatoria, ¿qué puede ofrecer Rajapaksa razonablemente a ella y a los tamiles corrientes? Los dirigentes de los Tigres han cometido crímenes contra la Humanidad y algunos de ellos se han dedicado a actividades delictivas, por lo que tienen poco incentivo para desmovilizarse. Algunos ciudadanos de Sri Lanka dicen que el mejor sitio para los dirigentes de los Tigres es la cárcel. Es cierto, pero en política la mejor justicia puede estar reñida con el bien general. Aunque los Tigres ya no pueden destruir la democracia de Sri Lanka, luchar hasta acabar con el último guerrillero no redundaría en beneficio de nadie. Para poner fin a este conflicto, hará falta habilidad política, además de una continua firmeza militar.