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Tomarse en serio el desarme

MELBOURNE – A veces se olvida que el muchacho que gritó “¡Que viene el lobo!” acabó comido por él. Cierto es que nadie ha muerto a consecuencia de un arma nuclear desde los ataques a Hiroshima y Nagasaki, hace 65 años este mes, y, como las tensiones de la Guerra Fría hace mucho que son cosa del pasado, a las autoridades y al público les resulta demasiado fácil resistirse a las Casandras, mostrarse complaciente con las amenazas que esas armas siguen representando y considerar bien intencionados, pero fútiles, los intentos de eliminarlas o contener su diseminación.

Pero la verdad es que ha sido pura chiripa –no por habilidad política, buena gestión profesional ni nada inherentemente estable de los sistemas de armas nucleares del mundo– lo que nos ha permitido sobrevivir tanto tiempo sin que hubiera una catástrofe. Con 23.000 armas nucleares (equivalentes a 150.000 Hiroshimas) aún existentes, más de 7.000 de ellas activamente desplegadas y más de 2.000 aún peligrosamente en “alerta de lanzamiento al recibir aviso”, no podemos dar por sentado que nuestra suerte se mantendrá indefinidamente.

Ahora sabemos –gracias a múltiples revelaciones sobre errores humanos y fallos de los sistemas en los dos bandos, americano y ruso, durante los años de la Guerra Fría y posteriores– que ni siquiera los sistemas de mando y control más complejos son infalibles. Sabemos que algunos de los nuevos Estados que cuentan con armas nucleares comienzan con sistemas mucho menos complejos y que, a lo largo del espectro de la complejidad, el riesgo de que un desestabilizador ciberataque venza a la ciberdefensa va resultando cada vez mayor.

Así, pues, debería resultar evidente que el mantenimiento del status quo es intolerable. Además, existe el riesgo real de la proliferación, en particular en Oriente Medio, lo que multiplica los peligros de que se utilicen las armas nucleares por accidente o error de cálculo, además de intencionadamente.