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Los dolores del parto democrático de Taiwán

Las democracias jóvenes pueden ser crueles: con frecuencia sus votantes son tan implacables como los oponentes políticos. Las dos semanas transcurridas desde las polémicas elecciones presidenciales del 20 de marzo -la tercera votación democrática tan sólo de la historia del país- han servido para confirmar la veracidad de ese tópico. La joven democracia de Taiwán debe afrontar ahora el malabarismo a que la ha obligado la reelección del Presidente Chen Shui-bian.

Mientras hacían campaña en su ciudad natal del sur de Taiwán en vísperas de las elecciones, el Presidente Chen y la Vicepresidenta Annette Lu fueron heridos con una bala disparada por un asesino. La solidaridad que con ello se granjeó brindó al Presidente su estrechísimo margen de victoria -con tan sólo el 50,1 por ciento de los votos- sobre Lien Chan, candidato de la coalición formada por el Partido Kuomintang y el Primer Partido del Pueblo (KMT-PFP). Siguieron protestas en la calle de la oposición y gritos de que el intento de asesinato había sido simulado. Se pidió un nuevo escrutinio.

Nada de ello es de extrañar, porque la sociedad de Taiwán está uniforme y profundamente polarizada. El Partido Democrático Progresista (DPP) del Presidente Chen pidió "un país a cada lado del estrecho de Taiwán" e "impedir el regreso de un régimen extranjero" (refiriéndose al KMT, que llegó a Taiwán en 1949). Pero, si bien la campaña de Chen para salvagurdar a Taiwán contra las amenazas de la China continental galvanizó claramente a los partidarios de dicho partido, puso nerviosos a los no comprometidos y enfureció a su rival KMT.

Para la coalición KMT-PFP, la campaña fue una virtual guerra santa, reñida no sólo para reactivar una economía renqueante, sino también para mantener el nombre oficial del país: "República de China". En vista de que había tanto en juego, los dos bandos movilizaron a millones de personas.