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Los años que vivimos tácticamente

MADRID – Vivimos una ilusión. Durante años pensamos que la transición desde la unipolaridad hasta la multipolaridad se llevaría a cabo de manera pacífica, ordenada y estable; esperando que los nuevos actores se adaptaran a los marcos multilaterales existentes de manera natural y armoniosa. Nada más lejos de la realidad: en los años de tránsito hacia la multipolaridad ha crecido la inestabilidad, las tensiones y los motivos de preocupación. Dicho tránsito se ha visto perturbado por la irrupción de la crisis económica, que ha acelerado algunos procesos y retrasado otros, modificando las tendencias preexistentes surgidas como consecuencia de la globalización.

Durante estos últimos años, Occidente se ha dejado llevar por la visión táctica cortoplacista. No hemos sido capaces de articular una estrategia inclusiva que modele y diseñe una manera de entender el mundo, y como consecuencia se presentan muchos de los problemas de hoy. El tacticismo tiene ecos en todos los niveles, desde los gobiernos locales y nacionales hasta las instituciones supranacionales.

Una visión estratégica compartida implica la puesta en común de objetivos y capacidades al servicio de un fin realizable en el largo plazo. Su ausencia ha generado realidades inconexas y desacompasadas que han podido confundir a otros actores. Ha habido, sin embargo, excepciones notables. En los últimos tiempos, tras el cambio de gobierno en Irán, se está avanzando hacia la resolución de la cuestión nuclear. Sea cual sea el resultado final, se ha hecho un esfuerzo por consolidar una visión estratégica constructiva.

Tras el estallido del conflicto en Ucrania, los acontecimientos han puesto de relieve que la relación con Rusia no era lo que creíamos que era. Las dificultades para integrar a la Rusia postsoviética en el mundo –sumado a los problemas internos de una Rusia que ha renunciado a la modernidad– ha terminado por generar un nacionalismo retrospectivo que expande su estrategia basada en esferas de influencia, una realidad que cayó con el Muro de Berlín y que ya no tiene razón de ser. No nos esperábamos que, para algunos, la transición hacia el futuro mirara al pasado. Un pasado que Rusia, aunque no solo ella, añora con nostalgia. Es una aproximación dañina para el proceso de tránsito a la multipolaridad, ya que provoca que haya diferentes puntos de llegada incompatibles entre sí: unos quieren volver atrás, otros seguir hacia delante. Rusia no puede desconectarse de la realidad internacional, del mismo modo que debemos asegurar que todos nos regimos por las mismas normas, cumpliéndolas y no trampeando con ellas. Frente a distanciamiento y expansión imperial, el largo plazo exige marcos multilaterales donde todos los actores se sientan representados y en pie de igualdad.