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Matar a las enfermedades no transmisibles

SEATTLE – En los últimos 25 años, gracias en parte a un esfuerzo global coordinado para combatir las enfermedades infecciosas, incluidos la malaria, la tuberculosis, el VIH/SIDA y la polio, las tasas de mortalidad infantil se han reducido en un 50%, y la expectativa de vida promedio se ha incrementado en más de seis años. Es más, el porcentaje de la población mundial que vive en la extrema pobreza se ha reducido a la mitad. Estos son logros importantes, pero trajeron consigo un nuevo conjunto de desafíos que se deben abordar con urgencia.  

A medida que las vidas se han ido prolongado y los estilos de vida han cambiado, las enfermedades no transmisibles (ENT) como la diabetes, las enfermedades cardiovasculares, el cáncer y los trastornos respiratorios han prosperado, convirtiéndose por lejos en las principales causas de muerte del mundo. Mientras que unos 3,2 millones de personas murieron como consecuencia de la malaria, la tuberculosis o el VIH/SIDA en 2014, más de 38 millones murieron por ENT. Y la cantidad de muertes sigue creciendo. 

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Tomemos el caso de la diabetes, una de las ENT de más rápido crecimiento. Según un informe reciente de la Organización Mundial de la Salud, la diabetes se cobró 1,5 millones de vidas en 2012, aproximadamente la misma cantidad que la tuberculosis. Pero mientras que las muertes por tuberculosis han declinado a la mitad desde 1990, el impacto de la diabetes está creciendo rápidamente. En 1980, 108 millones de personas vivían con diabetes, una tasa de aproximadamente una persona de cada 20; hoy, más de 400 millones, o una persona de cada 12, padecen la enfermedad. 

Contrariamente a la percepción popular de las ENT como enfermedades de los ricos, éstas afectan de manera desproporcionada a los pobres en países de todo nivel de desarrollo económico, pero especialmente los países de ingresos bajos y medios. Por cierto, según el informe de la OMS, más del 80% de las muertes relacionadas con la diabetes ocurren fueran de los países de ingresos altos. Una razón que explica esto es que la diabetes tipo 2, la variante más común, está asociada con factores vinculados al estilo de vida, como la inactividad, la obesidad, una dieta deficiente y el cigarrillo, que suelen ser más comunes entre las personas de menos recursos.

Para colmo de males, en las comunidades más pobres, las herramientas y medicinas para diagnosticar y tratar la diabetes son escasas y suelen estar fuera de los recursos de la gente. Un estudio reciente realizado por PATH, con respaldo de Novo Nordisk, demostró que, en algunos casos, apenas una tercera parte de las instalaciones de salud pública tenían insulina en stock, y sólo una de cada cuatro contaba con tiras reactivas para monitorear la diabetes. En Ghana, hace falta el salario de 15 días para poder pagar una dosis de 30 días de apenas dos de las drogas que se necesitan para evitar complicaciones.

Estas deficiencias implican que casi la mitad de los casos de diabetes fuera de los países ricos no se diagnostican o se manejan de manera inadecuada. Esto tiene consecuencias humanas y económicas importantes. La diabetes requiere un tratamiento de por vida, y cuanto antes se la detecta y antes comienza el tratamiento, mejor es el resultado. La diabetes, cuando no se la trata, causa condiciones que hacen imposible trabajar y suelen provocar una muerte temprana.

¿Qué hará falta para asegurar que la gente tenga las herramientas y medicamentos para diagnosticar, tratar y monitorear la diabetes?

Para empezar, los responsables de las políticas y los donantes deben reconocer el impacto desproporcionado de la diabetes en las comunidades pobres y dedicar una mayor atención y un mayor financiamiento a la prevención y al tratamiento. Los programas de prevención que promueven dietas más saludables y ejercicio pueden reducir la prevalencia de la diabetes tipo 2 y minimizar las complicaciones para quienes ya padecen la enfermedad. Y la inversión en sistemas de atención médica en países de ingresos bajos y medios puede ayudarlos a adaptarse a la creciente carga de enfermedades de por vida como la diabetes. 

La cuestión del costo también debe abordarse con urgencia. Debemos enfrentar las deficiencias en los sistemas de distribución que limitan el acceso a drogas y diagnóstico, elevando los costos. Esto exigirá una mejor previsión, planificación y distribución; una negociación más efectiva de los precios y límites a los sobreprecios.

Es más, debemos invertir en investigación y desarrollo de tratamientos y herramientas de diagnóstico de bajo costo para la diabetes que sean apropiados para contextos de bajos recursos. Se necesitan desesperadamente proyectos inteligentes de colaboración que reúnan a pensadores innovadores de organizaciones sin fines de lucro, de la academia y del sector privado para crear soluciones efectivas, costeables y apropiadas.

La diabetes no es la única entre las ENT. También existe una menor disponibilidad de medicinas y tecnologías esenciales para diagnosticar y tratar las enfermedades cardíacas, el cáncer y los trastornos respiratorios. Asimismo, son proporcionalmente más caras para la gente en países con ingresos bajos y medios que para la personas en el mundo rico. Esta disparidad llevó a la publicación médica The Lancet a definir la crisis de las ENT como "la cuestión de justicia social de nuestro tiempo".

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A menos que tomemos medidas, la crisis no hará más que agravarse. La OMS espera que, entre 2010 y 2020, las muertes causadas por ENT aumentarán un 15% y la mayoría tendrá lugar en países de ingresos bajos y medios.

Hoy, sólo el 1% del financiamiento de salud global está destinado a los programas relacionados con las ENT. Esto debe cambiar -y rápido-. De lo contrario, los progresos remarcables que se hicieron a la hora de mejorar la salud global en los últimos 25 años se verán superados por una creciente ola de gente que sufre y muere de enfermedades crónicas que sabemos cómo prevenir y tratar.