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A trompicones en la obscuridad

SAO PAULO – Por lo que se refiere a gestos bien intencionados, la “hora de la Tierra” resulta invencible. A las ocho y media en punto de la noche del sábado 27 de marzo, casi mil millones de personas en más de 120 países demostraron su deseo de hacer algo sobre el calentamiento planetario apagando sus luces durante una hora. En señal de solidaridad oficial, también se apagaron las luces de muchos de los monumentos más icónicos del planeta: desde el Teatro de la Ópera de Sidney hasta la Gran Pirámide de Giza, por no citar la Ciudad Prohibida de Beijing, el Empire State de Nueva York, el Big Ben de Londres, la Torre Eiffel de París y las siluetas en el horizonte de Hong Kong y Las Vegas.

Independientemente de lo que sea además, la “hora de la Tierra” es sin lugar a dudas uno de los más logrados ardides publicitarios jamás soñados. Después de que la organización local del Fondo Mundial para la Naturaleza lo organizara por primera vez en Sidney (Australia) en 2007, su popularidad y el nivel de participación (tanto individual como oficial) que consigue ha aumentado exponencialmente en los últimos años... hasta el punto de que apenas hay un rincón de la Tierra al que no haya llegado esa campaña. Como ha dicho Greg Bourne, director del Fondo Mundial para la Naturaleza en Australia: “Contamos con la participación de todo el mundo desde Casablanca hasta los campos de safaris de Namibia y Tanzania”.

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Pero, ¿ha hecho algo efectivamente la “hora de la Tierra” para detener –o aminorar siquiera– el calentamiento planetario? No gran cosa.

La popularidad de ese acontecimiento no resulta difícil de entender. ¿Quién, salvo el más empecinado negador del cambio climático, podría oponer resistencia a la idea, tal como se expresó este año en el cibersitio americano de la “hora de la Tierra”, de que simplemente “apagando las luces el 27 de marzo a las ocho y media de la noche de la hora local contribuirás al cambio a una nación más limpia y más segura”?

Huelga decir que en modo alguno fue así. La principal contribución que todos hicieron al apagar las luces de noche durante una hora fue a que resultara más difícil ver. La repercusión medioambiental fue insignificante. De hecho, aun cuando todos los habitantes del mundo hubieran participado con la hora requerida, el resultado habría sido el equivalente de detener las emisiones de carbono de China durante unos 45 segundos.

Naturalmente, con este cálculo enormemente optimista damos por sentado que nadie utilizó más energía eléctrica después. Según las conclusiones de una reciente investigación hecha por dos psicólogos canadienses, la gente que gastaba dinero en productos verdes tenía menos probabilidades de mostrarse, inmediatamente después, generosa y más de robar que quienes compraban productos no verdes. Al parecer, hacer algo virtuoso –como apagar las luces– nos hace sentirnos con derecho a actuar mal después.

Los organizadores de la “hora de la Tierra” reconocieron el carácter simbólico de esa operación. Según observaron, apagar las luces es simplemente “un llamamiento a la acción”. Como explicó el Director General del Fondo Mundial para la Naturaleza, James Leape, brinda “una plataforma mundial para que millones de personas expresen su preocupación por los devastadores efectos del cambio climático”. Otro funcionario de dicho Fondo añadió: “Es decir a nuestros políticos que no pueden dejar de luchar contra el cambio climático”.

Eso está muy bien, pero, según Andy Ridley, la “hora de la Tierra” representa un programa más concreto que eso. Además de ser aquel a quien se le ocurrió la idea de ese acontecimiento mientras tomaba unas copas con unos amigos en un pub de Sidney hace unos años, Ridley es también el director ejecutivo de la “hora mundial de la Tierra”, por lo que es de suponer que habla con cierta autoridad al respecto. “Lo que seguimos pretendiendo en este próximo año”, dijo a la Associated Press la semana pasada, “es un acuerdo mundial que aliente a todos los países a reducir sus emisiones”.

En eso estriba el principal problema de la “hora de la Tierra”. Por mucho que nos guste creer lo contrario, la realidad es que la reducción de las emisiones de carbono no se conseguirá con un acuerdo. Si fuera políticamente posible, se habría hecho hace mucho tiempo –si no en la “Cumbre de la Tierra”, celebrada en 1992 en Río de Janeiro, en Kyoto doce años después, y, si no en Kyoto, en Copenhague el pasado mes de diciembre–, pero no ha sido así.

De hecho, después de casi dos decenios de intentarlo, el mejor acuerdo climático que han podido concertar los países es uno que no impone obligaciones reales ni fija metas vinculantes en materia de emisiones ni requiere acciones concretas por parte de nadie. No cabe duda de que de eso se desprende una enseñanza.

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Lamentablemente, los organizadores de la “hora de la Tierra” prefieren desconocer esa realidad incómoda, pero no se puede eludirla. Si queremos en serio resolver el problema del calentamiento planetario, debemos adoptar medidas que de verdad hagan algo bueno, por oposición al despilfarro de recursos valiosos en acuerdos vacíos y posturas morales que tan sólo nos hacen sentirnos bien. Apagar nuestras luces y prometer la reducción de las emisiones de carbono nos hacen sentirnos momentáneamente virtuosos, pero eso es lo único que hacen.

Una solución válida para el problema del calentamiento planetario debe centrarse en la investigación e innovación en materia de energías limpias, en lugar de fijar la atención exclusivamente en promesas vacías de reducciones de las emisiones de carbono. Por tan sólo el 0,2 por ciento del PIB mundial, es decir, 100.000 millones de dólares al año, podríamos lograr los necesarios avances tecnológicos transformadores para lograr que la energía verde resulte lo suficientemente barata para propulsar un futuro sin carbono. Así, pues, dejemos de dar trompicones en la obscuridad y hagamos algo válido para un futuro más brillante.