Muhammed Enes Yildirim/Anadolu Agency/Getty Images

¿Le están comprando petróleo a Arabia Saudita?

PRINCETON – El asesinato de Jamal Khashoggi en el consulado de Arabia Saudita en Estambul el 2 de octubre ha centrado la atención en el régimen saudí, y especialmente en su líder de facto, el príncipe Mohammed bin Salman. En gran medida, esto se debe a que el gobierno de Turquía ha mantenido el episodio en el foco internacional.

Al principio, las autoridades saudíes dijeron que Khashoggi se había retirado del consulado. Pero cuando el gobierno turco reveló detalles espeluznantes del asesinato, terminaron admitiendo que había muerto, y dijeron que su muerte fue una consecuencia no intencionada de una pelea. Y ahora, después de que las autoridades turcas brindaron evidencia a la directora de la CIA, Gina Haspel, el fiscal general de Arabia Saudita ha dicho que hay indicios de que la muerte de Khashoggi fue premeditada. Según el jefe de fiscales de Estambul, Irfan Fidan, Khashoggi fue estrangulado casi inmediatamente después de haber entrado al consulado, y su cuerpo fue desmembrado.

Luego de la muerte de Khashoggi, Alemania interrumpió sus ventas de armas a los sauditas e instó a sus aliados a hacer lo mismo. Los funcionarios de varios países, entre ellos Estados Unidos, se ausentaron de una reunión importante de inversiones realizada en Riad. Lo mismo hicieron varios ejecutivos de empresas, entre ellos los jefes ejecutivos de JP Morgan y BlackRock.

Sin embargo, la fuerte respuesta al brutal asesinato de Khashoggi difiere totalmente de la relativa indiferencia que ha mostrado Occidente frente a la cantidad inmensamente superior de víctimas de la intervención militar liderada por los sauditas en Yemen. Los ataques aéreos saudíes han matado a miles de civiles, entre ellos niños que murieron cuando estallaron sus ómnibus escolares. Hoy esas muertes son ampliamente superadas por la cantidad de víctimas de la hambruna generalizada que azota a Yemen.

La hambruna también es el resultado de acciones saudíes: bloqueos, restricciones a las importaciones y otras medidas, como retener los salarios de aproximadamente un millón de empleados públicos. Un análisis de Martha Mundy de la London School of Economics ha encontrado evidencia de que los ataques aéreos de la coalición tienen como blanco deliberado la producción y distribución de alimentos en zonas que están en manos de sus oponentes. El propio Khashoggi escribió de manera conmovedora sobre las muertes de niños en Yemen, y dijo que Arabia Saudita no puede adoptar una postura moralista y al mismo tiempo librar esta guerra.

El mes pasado, Mark Lowcock, subsecretario general de las Naciones Unidas para Asuntos Humanitarios y coordinador de Socorro de Emergencia, le dijo al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que ocho millones de yemeníes hoy dependen de la ayuda alimentaria de emergencia, y que ese número podría llegar a 14 millones, o la mitad de la población del país. La hambruna, dijo Lowcock, sería “mucho mayor de lo que cualquier profesional en este campo haya visto en toda su vida laboral”. A pesar de la ayuda alimentaria, fotos de Yemen muestran a niños que son sólo piel y huesos. Algunos de ellos mueren de inanición.

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Mekkia Mahdi, que trabaja en una clínica de salud en Yemen que está abarrotada de niños escuálidos, le dijo a un periodista de New York Times que estaba sorprendida de que el caso de Khashoggi recibiera tanta atención cuando millones de niños yemeníes estaban sufriendo. “Ellos no le importan a nadie”, dijo.

El hecho de que Khashoggi fuera un periodista que escribía para el Washington Post sin duda explica de alguna manera la atención que recibió su muerte. Su historia también es un ejemplo del llamado efecto de víctima identificable: el destino de un solo individuo identificable hace más para despertar nuestras emociones y movernos a la acción que el de una cantidad inmensamente mayor de gente. Paul Slovic, el principal investigador del fenómeno, lo llama “insensibilidad psíquica”. Slovic cita a la Madre Teresa que decía: “Si miro a la masa, nunca actuaré. Si miro a uno solo, lo haré”.

La insensibilidad psíquica puede ser una respuesta emocional humana que forma parte de nuestra naturaleza, pero son pocos los que negarían que un millón de muertes es una tragedia mucho mayor que una sola muerte. Más allá de lo que nuestras emociones puedan llevarnos a hacer, a nivel de la política pública y de la toma de decisiones corporativas, deberíamos entender que los números importan, y actuar en consecuencia.

Quizá la muerte de Khashoggi nos abra los ojos a las otras actividades criminales del régimen saudí. Durante décadas, los sauditas han utilizado el dinero que les pagamos por petróleo para adoctrinar a su población con una versión fundamentalista del Islam. No contentos con difundir esta ideología dentro de su propio país, los sauditas han invertido miles de millones de dólares en propaganda destinada a transformar a comunidades islámicas tolerantes y moderadas en otros países en fundamentalistas. Se cree que los sauditas han proporcionado la mayor parte del financiamiento de Al-Qaeda, y más combatientes extranjeros del grupo en Irak provinieron del reino en comparación con cualquier otro país.

Interrumpir las ventas de armas a Arabia Saudita es sólo un primer paso. Para reducir el poder del reino, necesitamos dejar de comprar su petróleo. Para lograrlo, necesitamos transparencia en la industria petrolera. Deberíamos exigir que todas las compañías petroleras importantes le cuenten a la población qué proporción de sus productos minoristas proviene de Arabia Saudita. Luego podemos ver qué productos los clientes, provistos de esta información, eligen comprar.

Si eso sucede, Jamal Khashoggi tal vez no haya muerto en vano.

http://prosyn.org/PdlR4L9/es;

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