Stalin y el recuerdo

"El deber que tenemos con la historia es reescribirla", decía Oscar Wilde. Como rusa, sé bien lo que es reescribir la historia. La Unión Soviética se pasó un siglo cubriendo las verrugas que tenía Lenin en la nariz, corrigiendo estadísticas de las cosechas y haciendo que el moribundo Yuri Andropov se viera menos cadavérico. Pero al tratarse de Stalin (de cuya muerte hoy se cumplen 50 años) la mayoría de nosotros reescribimos la historia fingiendo que parte de ella no sucedió.

No me malinterpreten: Stalin no ha desaparecido como la gente que fue a dar al Gulag. No lo han borrado de nuestra memoria de la manera en que a Trotsky y Bujarin los recortaron de las fotografías oficiales.

En cierta ocasión, al bajarme de un taxi en Moscú, el conductor levantó su bufanda para mostrar una foto de Stalin que llevaba prendida a su saco. A mí me pareció un gesto furtivo. El hombre parecía representar un verdadero movimiento clandestino; era alguien que se sentía escandalizado y traicionado por el mundo que surgió de la glasnost y la perestroika de Gorbachev.

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