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La Unión Soviética murió para siempre

MOSCÚ – Esta víspera de año nuevo señala el 25.º aniversario de la disolución formal de la Unión Soviética. Pero en vez de celebrar, muchos rusos (y algunas personas en Occidente) tienen sentimientos encontrados al respecto.

Primero en la lista de los dubitativos está el presidente ruso Vladimir Putin. Ya hizo saber su posición sobre la desintegración de la URSS en 2005, cuando la llamó “una gran tragedia geopolítica del siglo XX”. Y algunos en Occidente consideran que los nuevos estados surgidos del naufragio (en particular, Ucrania y las repúblicas del Báltico) son la principal causa del resentimiento y el revanchismo de Rusia en el mundo que siguió a la Guerra Fría.

Estas dudas contrastan marcadamente con el consenso que prevaleció por muchos años tras la caída del comunismo en Europa, producida entre 1989 y 1991. Todos coincidían en que el fin de la Guerra Fría suponía no sólo la liberación de Europa central y del este, sino también el triunfo de las ideas liberales.

Pero el fin de la URSS también puede verse como una victoria del nacionalismo. De hecho, el temor a la violencia nacionalista llevó a que el entonces presidente de los Estados Unidos, George Bush (padre), y el canciller alemán, Helmut Kohl, trataran de ayudar al último presidente de la URSS, Mikhail Gorbachev, a mantener unida la Unión Soviética (aunque sólo después de permitir la secesión de los estados bálticos). No lo lograron, y más tarde presentaron como una victoria la desaparición total del imperio soviético.

En realidad, los Acuerdos de Belavezha, que formalizaron la ruptura de la URSS, completaron un proceso de disolución iniciado en 1989. Las repúblicas soviéticas tenían muchas diferencias respecto de los países del Pacto de Varsovia, pero había una semejanza crucial: en ambos casos, el Kremlin había impuesto el comunismo a punta de pistola. La URSS sólo podía sobrevivir mientras Rusia mantuviera el control del imperio; y sólo mientras Gorbachev hubiera estado dispuesto a usar la fuerza para prolongar ese control.

Muchos estrategas y académicos occidentales basaron sus análisis en un supuesto falso: que era posible una Unión Soviética libre, con sólo cambiarle el nombre y redactarle la constitución correcta. Pero eran esperanzas vanas. Los pueblos que formaban la URSS tenían historias diferentes ya mucho antes del dominio ruso; y bajo la política de nacionalidades del sistema soviético, sus identidades como miembros de unidades políticas separadas se habían consolidado. Tras la caída de la URSS, no tardaron en mostrar preferencias sociales y políticas muy diferentes. No es posible imaginar ni siquiera un espacio político parcialmente libre (como Rusia comenzaba a ser) en el que pudieran estar unidos.

Tras independizarse, algunas de estas nuevas naciones‑Estado se han esforzado para crear instituciones democráticas y economías viables. Otras, como era de esperar, se convirtieron en dictaduras declaradas. Pero antes del inicio de este proceso, el único significado posible de la palabra “libertad” era liberarse del control del Kremlin.

Hay que celebrar la disolución de la Unión Soviética, porque creó una nueva oportunidad de desarrollo a lo largo del inmenso territorio que la URSS controlaba. Pero también hay que celebrarla porque esta disolución se logró en forma relativamente ordenada y pacífica.

Es verdad que en algunos países (especialmente el mío, Georgia), hubo un período de guerra civil y caos. Pero eso fue nuestra responsabilidad. En el apogeo de la Unión Soviética, cuando los georgianos de mi generación soñábamos con el día en que el imperio se caería (porque tarde o temprano todos los imperios se desintegran), no osábamos imaginar que sería en forma pacífica y ordenada.

Y a pesar de su disolución, pacífica y ordenada, la Unión Soviética todavía se niega a terminar de morir. Putin decidió hacer del rencor por la pérdida del control de Rusia sobre sus vecinos inmediatos un elemento central de sus políticas, tanto en el plano interno como en el internacional. Las invasiones que ordenó (la de Georgia en 2008 y la de Ucrania en 2014) trajeron alivio temporal a una población rusa atribulada y necesitada de afirmación nacional. Pero la agresiva conducta de Putin también generó el temor de sus vecinos y un alto grado de preocupación y confusión en la comunidad internacional.

Todavía no sabemos qué otros proyectos políticos tratará de implementar Putin para restaurar la perdida grandeza de Rusia. Pero haga lo que haga, los Acuerdos de Belavezha crearon una nueva realidad que sólo admite cambios marginales. La mayoría de las naciones que integraban la ex Unión Soviética dilapidaron muchas oportunidades en los últimos 25 años; pero ya se habituaron a ser dueñas de su destino, y Putin descubrirá que eso es casi imposible de revertir.

Traducción: Esteban Flamini