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Solidaridad en una época pluralista

VIENA – La solidaridad es esencial para las sociedades democráticas; de lo contrario, se vienen abajo. No pueden funcionar cuando se supera cierto nivel de desconfianza mutua o la sensación por parte de algunos miembros de que otros los han abandonado.

Muchos consideran el desarrollo de una perspectiva individualista la mayor amenaza para la solidaridad hoy día, pero eso está íntimamente vinculado con una sensación cada vez más débil de identidad común.

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No es casualidad, por ejemplo, que los Estados del bienestar más logrados surgieran en la étnicamente homogénea Escandinavia. Los ciudadanos de esos países tenían la sensación de que podían entender a sus vecinos y conciudadanos y que compartían con ellos un estrecho vínculo.

Hoy día, el imperativo es el de mantener esa sensación de intensa solidaridad entre poblaciones que están diversificándose. Hay dos formas de hacerlo. Una es la de recurrir a modos de solidaridad más antiguos. La identidad francesa, por ejemplo, está basada en la variedad exclusiva de secularismo republicano, conocido como laïcité, pero los esfuerzos de Francia para apuntalar la solidaridad insistiendo en la laïcité y erigiendo un dique contra los inmigrantes musulmanes son a un tiempo ineficaces y contraproducentes, porque excluyen de la sensación de pertenecer enteramente a la nación a muchas personas que ya están en Francia, en realidad.

La otra forma de preservar la solidaridad es la de dar una nueva definición de identidad. Todas las sociedades democráticas afrontan actualmente el imperativo de dar una nueva definición de su identidad en diálogo con algunos elementos que son externos y otros que son internos. Pensemos en la influencia de los movimientos feministas en todo Occidente. No se trata de personas procedentes de fuera de sus países. Son personas que en ciertos sentidos carecían de la ciudadanía plena y la exigían y que dieron una nueva definición del orden político al obtenerla.

Actualmente la gran tarea es la de calmar los temores de que se estén socavando nuestras tradiciones, la de tender la mano a personas que están llegando a nuestras tierras procedentes de otros países y encontrar una forma de recrear nuestra ética política en torno al núcleo de los derechos humanos, la igualdad, la no discriminación y la democracia. Si lo logramos, podemos infundir a todos la sensación de una pertenencia común, aunque nuestras razones para creerlo sean diferentes.

Pero el aumento del individualismo, consistente en centrarse en las ambiciones y la prosperidad económica propias, en muchos países constituye un obstáculo pertinaz para la realización de esa concepción. De hecho, la total falta de sensación de solidaridad entre tantas personas, horrorosamente evidente en el debate sobre la atención de salud en los Estados Unidos, está socavando ahora la base misma de lo que es una sociedad democrática moderna.

Una sensación de solidaridad en la sociedad sólo puede sostenerse, si todos sus grupos espirituales recrean su sentido de la dedicación a ella: si los cristianos la consideran fundamental para su cristianismo, si los musulmanes la consideran fundamental para su islam y si los diversos tipos de filosofías laicas la consideran fundamental para ellas.

La religión constituye una profunda y poderosa base de solidaridad y el de marginarla sería un gran error, exactamente como lo sería marginar las filosofías ateas. Las sociedades democráticas, en su tremenda diversidad, están impulsadas por muchos motores diferentes de compromiso con una ética común. No pueden permitirse el lujo de apagar cualquiera de dichos motores y abrigar la esperanza de mantener una comunidad política.

Históricamente, la ética política de las sociedades confesionales ha estado basada en un solo fundamento básico. En Europa, varias clases de sociedades laicas han intentado inventarse a partir de las ruinas del fundamento cristiano, pero han cometido el mismo error en forma diferente, con una insistencia jacobina en la religión civil de la Ilustración.

Ahora bien, ya no podemos tener una religión civil... basada en Dios ni en la laicité y los derechos humanos ni, desde luego, en concepción particular alguna. Actualmente vivimos en un territorio inexplorado. Afrontamos un imperativo que carece de precedentes en la historia humana: la creación de una sólida ética política de la solidaridad consciente asentada en la presencia y la aceptación de concepciones muy diversas.

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Eso sólo puede dar resultado, si emprendemos un vigoroso intercambio para crear algún tipo de respeto mutuo de esas diversas concepciones. La fuerza en aumento de la islamofobia en Europa y en los Estados Unidos, con su intento de reducir la compleja y diversa historia del islam a unos lemas demagógicos, el tipo de estupidez ignorante –no hay mejor calificación– que hace naufragar las sociedades democráticas.

Pero lo mismo se puede decir de cualquier clase de opinión desdeñosa del “otro”. Nuestras sociedades sólo se mantendrán unidas, si nos hablamos mutuamente con apertura y franqueza y, al hacerlo, creamos cierta sensación de solidaridad procedente de todas las diversas raíces.