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La amenaza proteccionista

WASHINGTON, DC – Los pronósticos de crecimiento del comercio internacional en 2016 y 2017 han vuelto a rebajarse. La Organización Mundial del Comercio (OMC) ahora prevé que el crecimiento de este año será el más lento desde la recesión global posterior a 2008. ¿Qué está sucediendo?

No es sólo resultado de una pobre recuperación económica global: en general, el comercio siempre creció más que el PIB; en los años previos a la crisis financiera global de 2008, el incremento promedio superó dos veces al de la producción. Pero la relación entre crecimiento del comercio y crecimiento del PIB viene cayendo desde 2012, tendencia que culminará este año, cuando por primera vez en quince años lo primero será inferior a lo segundo.

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Este retroceso se debe en parte a factores estructurales, entre ellos el amesetamiento de la expansión de las cadenas de valor globales y que el proceso de transformación estructural de China y otras naciones en la vanguardia del crecimiento llegó a un punto de inflexión. Otro motivo probable de presión a la baja sobre los flujos de comercio es la creciente participación del sector servicios en el PIB de los países, dado que la propensión al comercio internacional de los servicios es inferior respecto de los bienes fabriles.

Pero no todas las fuerzas que debilitan el comercio internacional son tan permanentes. También inciden otros factores relacionados con la crisis, temporales y potencialmente reversibles. Por ejemplo, el malestar económico sufrido desde 2008 por muchos países de la eurozona (que tradicionalmente han sido fuente de una parte importante del comercio internacional) desalentó el consumo y la contratación (entre muchas otras cosas). La débil recuperación de la inversión en capital fijo de las economías avanzadas también debilitó el comercio internacional, porque esa clase de bienes supone más intercambio transfronterizo que los bienes de consumo.

Pero tal vez sea más peligrosa la creciente corriente política de rechazo al libre comercio, que se refleja en una falta de progreso en las últimas rondas de liberalización y en la implementación de medidas proteccionistas en la forma de barreras no arancelarias. Si bien este proteccionismo incipiente no tiene todavía un impacto cuantitativo sustancial sobre el comercio internacional, su aparición genera mucha inquietud en momentos de aumento de la globalifobia en las economías avanzadas.

Los ataques actuales al comercio internacional son lo que sucede cuando inquietudes económicas (entre ellas el estancamiento de los ingresos medios y, en algunos países, altas tasas de desempleo) se tornan políticas. Viendo en la insatisfacción económica una oportunidad para ganar partidarios, algunos políticos astutos, sobre todo en las economías avanzadas, acusan a las nebulosas y amenazantes fuerzas de la “globalización”, y aseguran que la inmigración y el comercio internacional son la causa de la inseguridad económica de los ciudadanos.

La mejor prueba es la campaña presidencial en Estados Unidos, donde se habló más de comercio internacional que en cualquier otra campaña en la historia reciente del país. En un entorno político difícil, tanto Hillary Clinton como Donald Trump proponen políticas comerciales que se apartan de la larga tradición estadounidense de liberalización, con derivaciones económicas potencialmente graves.

Clinton, la candidata demócrata, ahora se opone al Acuerdo Transpacífico (ATP), un tratado comercial que el gobierno del presidente Barack Obama negoció con otros once países de la Cuenca del Pacífico y que ahora aguarda ratificación del Congreso de los Estados Unidos. También se opuso a otorgar “estatus de economía de mercado” a China, porque eso dificultaría entablarle demandas por dumping. Y defendió la imposición de aranceles compensatorios a los bienes de países que manipulen el tipo de cambio.

Trump, uno de los líderes de la embestida proteccionista, lleva estas ideas mucho más lejos. Como Clinton, se opone al ATP y apoya los aranceles compensatorios mencionados. Pero también se expresó en forma sumamente despectiva respecto de México y China, y está pidiendo que Estados Unidos aplique aranceles punitivos a ambos. Además, promete renegociar y quizá derogar los tratados de libre comercio ya firmados, e insinuó la posibilidad de que Estados Unidos se retire de la OMC.

Las medidas propuestas por Clinton llevarían a que Estados Unidos pierda algunas ventajas del comercio, con consecuencias para la economía mundial. Pero ese daño no es nada en comparación con el que provocarían las propuestas de Trump. Después de todo, es casi seguro que la aplicación de medidas proteccionistas por Estados Unidos causaría acciones recíprocas de sus socios comerciales, pudiendo incluso iniciar una guerra comercial que agravaría las dificultades económicas de todos.

Como destacó el mes pasado el Instituto Peterson de Economía Internacional, los más perjudicados serían los trabajadores poco cualificados de bajos ingresos (precisamente los más convencidos de que hay que reducir el comercio internacional). El informe también muestra otro dato preocupante: el ejecutivo estadounidense tiene mucho margen de acción para limitar el comercio internacional, sin control del Congreso o de los jueces.

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Obviamente, las inquietudes causantes de la globalifobia deben ser resueltas, y los políticos (en Estados Unidos y otros países) deben idear políticas que ayuden realmente a los ciudadanos más vulnerables. Pero demonizar el comercio internacional no es la manera de hacerlo. Por el contrario, como mostró la experiencia de los años treinta, una guerra comercial proteccionista sería el modo más fácil de frustrar una recuperación económica global que ya es incierta.

Traducción: Esteban Flamini