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Pakistán, a la deriva hacia el fanatismo

La comparación del Presidente Bush de la captura de Khalid Shaikh Mohammed (a quien se acusa de haber planeado los ataques al World Trade Center y al Pentágono) con la liberación de París en 1944 fue ciertamente exagerada, pero de todos modos no hay duda de que el arresto fue una bendición política para el presidente estadounidense. Para el General Pervez Musharaf de Pakistán, la aprehensión de Mohammed es un logro ambivalente: le significó ganarse un mayor aprecio del Presidente Bush, pero al mismo tiempo reveló la falsedad de sus afirmaciones de que en Pakistán prácticamente no existe la presencia de Al Qaeda. De hecho, ahora está muy claro que gran parte de Al Qaeda y de sus máximos líderes prefieren buscan refugio en Pakistán más que en cualquier otro lugar.

La razón sería obvia para todo el que haya presenciado la reciente "marcha de un millón de hombres" en Karachi, organizada por la nueva coalición de partidos religiosos de Pakistán, conocida como la MMA. Convocados para protestar contra el inminente ataque de EEUU a Irak, los participantes prendieron fuego a las efigies de George Bush y Tony Blair, mientras que enarbolaban retratos de un sonriente Osama bin Laden, adornados con flores frescas. Los numerosos oradores acusaron de traición al gobierno del General Musharaf y denunciaron su cooperación con el FBI en la captura de miembros de Al Qaeda.

Antes de los ataques terroristas a Estados Unidos y la expulsión de los talibanes en la vecina Afganistán, los partidos religiosos pakistaníes tenían pocas bancas, tanto en las asambleas federales como provinciales. El resentimiento contra EEUU después del bombardeo a Afganistán hizo que la popularidad de la alianza reliogiosa se elevara geométricamente. La alianza religiosa ahora ha formado gobiernos en dos de las cuatro provincias del país, la Frontera y Beluchistán, y declara abiertamente su intención de hacer añicos la política pro-estadounidense de Pakistán.

Es seguro que el ascenso de la MMA significará un cambio fundamental no sólo para la política exterior de Pakistán, sino para la sociedad y cultura del país. Casi inmediatamente después de asumir el poder, los nuevos gobiernos ordenaron el fin de la música en el transporte público, exigieron a los buses públicos que permanecieran inmóviles durante las cinco plegarias diarias, y cerraron las tiendas de video y los cines. Los cantantes populares han sido amenazados y detenidos, y se les ha prohibido cantar en público. Los operadores de televisión por cable han visto sus instalaciones allanadas y saqueadas.