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Sócrates en Silicon Valley

LONDRES – Si el tábano de Sócrates estuviera en Silicon Valley, tendría muchos caballos perezosos a los cuales aguijonear. Los ciudadanos de la tecnópolis parecen desconocer cuánto, y qué tan radicalmente, ha cambiado la manera en que los percibe el mundo exterior. Alguna vez reverenciado universalmente como un semillero de innovación, el principal centro tecnológico del mundo es visto, cada vez más, con sospecha y resentimiento.

Es cierto, a Silicon Valley se lo sigue admirando como una fuente de invención y destrucción creativa; pero también existe una percepción generalizada de que ha perdido su brújula ética. En momentos en que proliferan los informes que hablan de actitudes descuidadas frente a la privacidad de los datos, una desconsideración excesiva de la dignidad de los menos afortunados y una creciente sensación de que las compañías tecnológicas quieren imponer su propia agenda de políticas al resto del mundo, el descontento y la desilusión están en aumento.

Desde afuera, el mundo ve compañías que exudan una sensación de beneficios adquiridos –desobedeciendo, por ejemplo, regulaciones locales mientras se expanden en ciudades de todo el mundo, desde Berlín hasta Río de Janeiro-. Extremadamente seguros del poder de su conocimiento y sus habilidades, la certeza no es nada nuevo -Estados Unidos, después de todo, fue fundado con un entusiasmo misionero-, pero la arrogancia ética sí lo es.

Por supuesto, no todas las compañías tecnológicas deberían ser catalogadas con la misma vara que se aplica a los principales infractores. Pero el reciente aluvión de causas de perfil alto afecta la reputación del sector en su totalidad. Mientras el mundo mira a Silicon Valley y ve una caja de resonancia de soberbia mojigata, se cree que las compañías tecnológicas maduras y respetuosas de las leyes están ahí adentro también.