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¿Debemos fiarnos de nuestras intuiciones morales?

Cuando condenamos la conducta de un político, un personaje de la farándula o un amigo, a menudo terminamos apelando a nuestras intuiciones morales. “¡Sencillamente, uno sabe que eso no está bien!", decimos. Pero, ¿de dónde provienen esos juicios intuitivos? ¿Son guías morales fiables?

Últimamente, algunos estudios poco comunes han generado nuevas preguntas acerca del papel de las respuestas intuitivas en el razonamiento ético. Joshua Greene, filósofo que actualmente trabaja en sicología, habiendo pasado de la Universidad de Princeton a la de Harvard, estudió cómo responden las personas a un conjunto de dilemas imaginarios. En un dilema, uno está de pie junto a una vía de ferrocarril cuando ve que una vagoneta, sin nadie a bordo, se dirige a un grupo de cinco personas. Todas morirán si la vagoneta sigue su curso.

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Lo único que se puede hacer para evitar estas cinco muertes es mover una palanca que desviará la vagoneta hacia una vía lateral, donde matará a sólo una persona. Cuando se les pregunta qué harían en esas circunstancias, la mayoría de las personas dicen que habría que desviar la vagoneta hacia la vía lateral, salvando así cuatro vidas netas.

En otro dilema, la vagoneta -como antes- está a punto de matar cinco personas. Sin embargo, esta vez usted no está de pie junto a la vía, sino en un puente peatonal sobre ella. Usted no puede desviar la vagoneta, y entonces piensa en saltar del puente y caer delante de la vagoneta, sacrificándose para salvar las cinco personas en peligro. Sin embargo, cae en cuenta que su peso y volumen corporal no basta para detenerla de este modo.

No obstante, junto a usted hay un desconocido muy grande y gordo. La única manera de evitar que la vagoneta mate a las cinco personas es empujarlo del puente para que caiga delante de la vagoneta. Si lo empuja, morirá, pero las cinco personas se habrán salvado. Cuando se les pregunta qué harían en estas circunstancias, la mayoría de las personas dicen que empujar al desconocido sería algo equivocado.

Este juicio no está limitado a culturas específicas. Marc Hauser, de la Universidad de Harvard, ha puesto dilemas similares en la Web, en lo que llama una "Prueba de sentido moral" disponible en inglés, español y chino ( http://moral.wjh.harvard.edu ). Tras recibir decenas de miles de respuestas, ha encontrado una notable consistencia a pesar de las diferencias de nacionalidad, raza, religión, edad y género.

Los filósofos se han visto en aprietos para justificar nuestras intuiciones en estas situaciones, dado que en ambos casos la elección parece estar entre salvar cinco vidas al coste de sacrificar una. Sin embargo, a Greene le interesaba más comprender por qué tenemos las intuiciones, de modo que utilizó Imágenes de resonancia magnética funcional, o RMF, para examinar lo que ocurre en los cerebros de las personas cuando hacen estos juicios morales.

Greene encontró que las personas a las que se pedía que hicieran un juicio moral acerca de violaciones "personales", como empujar al desconocido del puente, mostraban un aumento de la actividad en áreas del cerebro relacionadas con las emociones. Este no era el caso de las personas a las que se pedía hacer juicios acerca de violaciones relativamente "impersonales", como cambiar de posición una palanca. Más aún, la minoría que consideró que sería correcto empujar al desconocido demoró más en llegar a ese juicio que quienes dijeron que eso era no era correcto.

¿Por qué tendrían que variar de este modo nuestros juicios y emociones? Durante la mayor parte de nuestra evolución, los seres humanos -y nuestros ancestros primates- han vivido en pequeños grupos en los que podían ocurrir situaciones de violencia cercana y personal, mediante golpes, empujones, estrangulamiento o usando un palo o una piedra como arma.

Para enfrentar esas situaciones, desarrollamos respuestas intuitivas inmediatas, basadas en emociones, ante situaciones de violencia personal sobre los demás. El pensamiento de empujar al desconocido y hacer que caiga del puente da lugar a estas respuestas. Por otra parte, sólo desde hace un par de siglos –un periodo demasiado breve como para tener significación en términos evolutivos- somos capaces de dañar a alguien cambiando de posición una palanca que desvía un tren. De allí que el pensamiento de hacerlo no genere la misma respuesta emocional que empujar a una persona y causarle la muerte.

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Los estudios de Greene nos ayudan a comprender de dónde proceden nuestras intuiciones morales. Sin embargo, el hecho de que éstas sean universales y parte de la naturaleza humana no significa que sean correctas. Por el contrario, estos hallazgos deberían hacernos más escépticos con respecto a lo que intuimos.

Después de todo, no hay una significación ética en el hecho de que un método de dañar a los demás haya existido durante la mayor parte de nuestra historia evolutiva y que el otro sea relativamente nuevo. Matar gente con bombas no es mejor que apedrearla hasta morir. Y no hay duda de que la muerte de una persona es una tragedia menor que la muerte de cinco, independientemente de cómo ocurra. La conclusión es que deberíamos pensar por nuestra cuenta y no confiar ciegamente en nuestras intuiciones.