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¿Hay que honrar a un racista?

PRINCETON – El mes pasado, en mitad de mi clase de Ética Práctica, varios estudiantes se levantaron y salieron del aula. Iban a unirse a otros cientos en una protesta organizada por la Liga Negra de la Justicia (BJL), uno de entre muchos grupos de estudiantes que han surgido a lo largo de Estados Unidos en respuesta a la muerte de Michael Brown por disparos en Ferguson, Missouri, en agosto de 2014, y las posteriores matanzas policiales de afroamericanos desarmados.

Unas horas después, miembros de la BJL ocuparon el despacho del presidente de la Universidad de Princeton, Christopher Eisgruber, y aseguraron que no se irían hasta ver satisfechas sus demandas, entre ellas: “capacitación en competencias culturales” para el personal académico y no académico; que los estudiantes asistan a clases de historia de los pueblos marginalizados; y la creación de un “espacio de afinidad cultural” en el campus, dedicado específicamente a la cultura afroamericana.

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Pero lo que acaparó la atención nacional fue la demanda de cambiar el nombre a la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales Woodrow Wilson de la universidad y al Wilson College, uno de sus institutos residenciales. En el comedor del instituto hay un gran mural de Wilson, que la BJL también desea quitar. En opinión de la BJL, honrar a Wilson ofende a los estudiantes afroamericanos, porque Wilson era un racista.

Wilson fue un progresista en asuntos internos y un idealista en política exterior. Su gobierno aprobó leyes contra el trabajo infantil y otorgó nuevos derechos a los trabajadores, reformó la legislación de bancos y desafió a los monopolios. Después de la Primera Guerra Mundial, insistió en que la política exterior se guiara por valores morales, y defendió la democracia y la autodeterminación nacional en Europa.

Pero sus políticas hacia los afroamericanos fueron reaccionarias. El gobierno federal que heredó al asumir la presidencia de los Estados Unidos en 1913 tenía muchos empleados afroamericanos, algunos de los cuales trabajaban a la par de los blancos en puestos gerenciales de nivel medio. El gobierno de Wilson reintrodujo la segregación racial de espacios de trabajo y lavatorios, abolida al final de la Guerra Civil, y degradó a los gestores afroamericanos a puestos menos importantes. Cuando una delegación de afroamericanos protestó, Wilson les dijo que pensaran que la segregación era un beneficio.

El nombre de Wilson es omnipresente en Princeton no solo por haber sido uno de los egresados más famosos de la universidad (y el único que recibió el Premio Nobel de la Paz), sino también porque antes de ser presidente de los Estados Unidos, fue presidente de Princeton, y en palabras de Anne-Marie Slaughter, exdecana de la Escuela Woodrow Wilson, fue la persona que “tal vez hizo más que nadie para convertir [Princeton] de un reducto elitista a una gran universidad de investigación”.

Wilson es famoso en todo el mundo por los “catorce puntos” que propuso como base del tratado de paz para poner fin a la Primera Guerra Mundial. Abogó por la autonomía de los pueblos de los imperios austrohúngaro y otomano, y por un estado polaco independiente. No es raro que en Varsovia haya una Plaza Wilson, que la estación central de trenes en Praga lleve su nombre y que Wilson sea una calle en Praga y en Bratislava.

Los catorce puntos también incluyen el pedido de que las naciones negociaran públicamente acuerdos de paz (en vez de tramar en secreto la división del territorio de otros países) y de una reducción de las barreras comerciales. Tal vez lo más importante sea la propuesta de crear una “sociedad general de naciones (…) con el propósito de otorgar garantías mutuas de independencia política e integridad territorial a los estados cualquiera sea su tamaño”.

Ese pedido llevó a la fundación de la Liga de las Naciones (antecesora de las Naciones Unidas), que entre 1920 y 1936 tuvo su sede central en el Palacio Wilson, en Ginebra. El edificio conserva el nombre, y hoy es la sede central del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos.

La historia está llena de personas cuestionables que hicieron grandes cosas. En Estados Unidos, basta pensar en los Padres Fundadores que tenían esclavos, como George Washington, Thomas Jefferson y James Madison. Se puede decir en su defensa que, a diferencia de Wilson, al menos no eran peores que las normas de su tiempo. Pero ¿es motivo suficiente para seguir conmemorándolos?

Una junta directiva escolar de Nueva Orleans pensó que no y, tras declarar oficialmente que ninguna escuela debe portar el nombre de un esclavista, cambió el nombre de la escuela elemental George Washington por el de un cirujano afroamericano que luchó contra la segregación de las transfusiones de sangre. ¿Habría que cambiar también el nombre de la capital de Estados Unidos?

En su libro Veil Politics in Liberal Democratic States, Ajume Wingo describe los “velos políticos” que crean una visión idealizada de los sistemas políticos ocultando sus detalles históricos. Lo mismo pasa con grandes (o no tan grandes) líderes políticos que se convierten en instrumentos simbólicos para la inculcación de virtudes cívicas.

Pero conforme nuestros criterios morales cambian, diferentes aspectos de la persona histórica se vuelven más importantes, y el símbolo puede adquirir otro significado. Cuando en 1948 se añadió el nombre de Wilson a la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales de Princeton, todavía faltaban siete años para que Rosa Parks se subiera al famoso autobús, y la segregación en los estados sureños todavía no se discutía seriamente; hoy es impensable. Por eso el racismo de Wilson se destaca, y la persona ya no encarna los valores que hoy son importantes para la Universidad de Princeton.

Los aportes de Wilson a la universidad, a Estados Unidos y al mundo no pueden ni deben borrarse de la historia. En cambio, se los debe reconocer en una forma que plantee un diálogo matizado sobre los cambios de valores, y que incluya tanto sus logros positivos como sus contribuciones a las políticas y prácticas racistas en Estados Unidos.

En Princeton, un resultado de ese diálogo debería ser que los estudiantes y los profesores sepan más sobre la complejidad de una figura importante en la historia de la universidad. (A mí sin duda me sirvió: enseñé en Princeton durante 16 años y he sido por mucho más tiempo un admirador de algunas posturas de Wilson en política exterior, pero me enteré de su racismo por la BJL). El resultado final del diálogo que nos debemos puede ser el reconocimiento de que ponerle su nombre a un instituto o una escuela envía un mensaje que no se condice con los valores que dicha institución defiende.

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Traducción: Esteban Flamini

Peter Singer es profesor de bioética en la Universidad de Princeton y profesor laureado en la Universidad de Melbourne. Algunos de sus libros son Liberación animal, Un solo mundo, The Most Good You Can Do [El mayor bien que puede hacerse]y, más recientemente, Hambre, riqueza y moral.