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El espejismo posnacional

MADRID – El filósofo alemán Jürgen Habermas denominó en cierta ocasión nuestro tiempo “la época de la identidad posnacional”. Inténtese convencer de ello al Presidente de Rusia, Vladimir Putin.

De hecho, la gran paradoja de la época actual de mundialización es la de que la búsqueda de la homogeneidad ha ido acompañada de una añoranza de las raíces étnicas y religiosas. Lo que Albert Einstein consideró una “fantasía maligna” sigue siendo una potente fuerza incluso en la Europa unida, donde el nacionalismo regional y el nativismo xenófobo no están a punto de desaparecer precisamente.

En las guerras de los Balcanes del decenio de 1990, comunidades que habían compartido algunos paisajes durante siglos y personas que se habían criado juntas y habían ido a las mismas escuelas se combatieron ferozmente. Por utilizar una expresión freudiana, la identidad quedó reducida al narcisismo de diferencias menores.

El nacionalismo es esencialmente una creación política moderna envuelta en el manto de una historia y recuerdos comunes, pero una nación ha sido con frecuencia un grupo de personas que mienten colectivamente sobre su pasado lejano, un pasado con frecuencia –con demasiada frecuencia– reescrito para que cuadre con las necesidades del presente. Si Sansón fue un héroe hebreo, su némesis Dalila hubo de ser una palestina.